Domingo de la Divina Misericordia

 

II Domingo de Pascua. Llamado también Domingo de la Divina Misericordia. Fiesta instituida por el Venerable Juan Pablo II en abril de 2000 coincidiendo con la canonización de Santa Faustina Kowalska. Será tan grande la devoción que este Papa tendría a este misterio que murió la noche de la víspera de esta fiesta: promesa que, en revelación privada, el mismo Cristo le haría a la santa vidente…

 

 

(…) Sí, hermanos, la Pascua es la verdadera salvación de la humanidad. Si Cristo, el Cordero de Dios, no hubiera derramado su Sangre por nosotros, no tendríamos ninguna esperanza, la muerte sería inevitablemente nuestro destino y el del mundo entero. Pero la Pascua ha invertido la tendencia: la resurrección de Cristo es una nueva creación, como un injerto capaz de regenerar toda la planta. Es un acontecimiento que ha modificado profundamente la orientación de la historia, inclinándola de una vez por todas en la dirección del bien, de la vida y del perdón. ¡Somos libres, estamos salvados! Por eso, desde lo profundo del corazón exultamos: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria». (…)” (Benedicto XVI. Mensaje Urbi et Orbi. Pascua 2010)

            II Domingo de Pascua. Llamado también Domingo de la Divina Misericordia. Fiesta instituida por el Venerable Juan Pablo II en abril de 2000 coincidiendo con la canonización de Santa Faustina Kowalska. Será tan grande la devoción que este Papa tendría a este misterio que murió la noche de la víspera de esta fiesta: promesa que, en revelación privada, el mismo Cristo le haría a la santa vidente.

            Cuando todavía resuenan en nuestros oídos los himnos del Gloria y del Aleluya de la Vigilia Pascual, Cristo se deja ver en sus discípulos reunidos en el cenáculo  con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos. Ciertamente, la acervísima muerte del Señor los había sumido en una tristeza insondable: lógico por otra parte, cuando el que ves colgado en un madero, acusado unánimemente por las autoridades judías y por el pueblo de blasfemo, es el mismo que resucitó a Lázaro, que devolvió la vista a los ciegos o que amansó con una sola palabra la tempestad. Las dudas, el miedo y el temor a que con ellos ocurriera lo mismo.

            El Señor se deja ver entre ellos y su primer mensaje es Paz a vosotros. Aparentemente puede parecer simplemente un saludo pero tiene toda una carga de significado: ¿qué es lo que había en el corazón de esos pobres hombres sino un miedo atroz, una duda que no les dejaba vivir pues algunas mujeres les habían dicho que el Maestro había resucitado y ellos no las habían creído? Los ánimos estarían por los suelos porque ya nadie se acordaba de sus palabras que profetizaban todo lo que el Mesías tendría que padecer… pero que resucitaría.

            Paz a vosotros. Esas palabras son como un bálsamo que consuela el corazón abatido de los Apóstoles y es como si a nosotros nos dijera hoy, para esos momentos oscuros de nuestra vida: “Tranquilo. Todo saldrá bien.” Paz a vosotros, les repite y les enseñó las manos y el costado para demostrarles la verdad de lo que veían sus ojos. No era un espíritu, no es un producto de su fantasía ni un subterfugio donde agarrar su pobre fe maltrecha. Era una realidad, tan cierto como que, el más incrédulo de los Once, pudo tocarlas y comprobar, ¡pobre de él! que era verdad. ¡Había resucitado!

            Que inmensa misericordia la de Dios, que no solo es consuelo para nuestra vida sino que nos da el remedio para salir de una muerte segura: el sacramento del perdón. El Jueves Santo había instituido la Eucaristía y el sacramento del Orden: ahora unirá al sacerdocio otro sacramento vital para nuestra vida en Cristo. ¡Cómo conocía Nuestro Señor, nuestro corazón y como sería indispensable en la vida del cristiano recurrir con muchísima frecuencia a este sacramento! Si quería que viviésemos el mandamiento nuevo del amor y nos convirtiésemos en testigos de la misericordia, tenía que enseñarnos a perdonar como él nos perdonó: siempre y para siempre. No hay quien mejor entienda a un pecador que otro pecador por eso, dio el poder a hombres y no a ángeles de perdonar los pecados como Cristo, con Cristo y en la persona de Cristo.

            Así y solo así la ternura del Resucitado se manifiesta en su sencillo esplendor, porque ha resucitado para vencer la muerte desde la misma muerte y llevarnos con Él al Reino de los Cielos.

            ¡Cuántas veces nos lamentamos de la incredulidad de nuestro mundo! Y convocamos conferencias, estudios, mezclamos corrientes sociales y de pensamiento, quizá sin darnos cuenta de que el síntoma es mucho más evidente: el mundo no cree, porque no tiene experiencia de misericordia. Al eliminar la conciencia de pecado hemos eliminado la necesidad de perdón: al no existir el mal, porque hasta eso es relativo, no existe la necesidad de perdonar ni de ser perdonado. Asegurado eso, solo queda la venganza, el odio y el rencor; la indiferencia, la soledad (porque no puedes fiarte de nadie) y la inseguridad.

            Si el cristiano puede hacer algo para que este mundo crea es ser testigo de la misericordia de Dios, de la ternura de Dios. Así, al llegar al infierno de vida que viven algunas personas podremos decir como Cristo “Paz a vosotros” y volver nuestra mano que ahora enjuga las lágrimas del que llora porque tiene el poder de sanar.

            Aventurémonos, amigos míos, en este Domingo de la Divina misericordia a ser testigos del perdón de Dios. Dejemos nuestra justicia en manos del que Todo lo puede: tú ama y predica el Evangelio.

Con mi bendición:

P. Juan.

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