Día del Orgullo Católico: ¡¡Ven Espíritu Santo!!

31 mayo 2009

Solemnidad de Pentecostés

1ª Lectura (Hch 2, 1-11): “(…) se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse. (…)”

2ª Lectura (1Cor 12, 3-7. 12-13): “(…) Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu. (…)”

Secuencia de Pentecostés: “Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido, Fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre; si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma al Espíritu indómito, guía el que tuerce el sendero. Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.”

Evangelio (Jn 20, 19-23): “(…) Cuando venga el Espíritu de la Verdad os iluminará para que podáis entender la verdad completa (…)”

Queridísimas ahijadas, queridísimos amigos de la A.C. Primavera:

¡Paz a vosotros, hijos de la Iglesia! La Paz que es un Don del Espíritu Santo que hoy viene sobre la Iglesia, sobre todos y cada uno de nosotros, en la medida en que hayamos preparado su venida. A veces se ha pensado que el Espíritu Santo es algo así como “el hermano pobre” de la Trinidad: contemplamos la creación y enseguida pensamos en el Padre, creador omnipotente, miramos la obra de la salvación y miramos a Jesucristo, artífice de nuestra redención… pero pocos nos damos cuenta de la inmensa obra del Espíritu Santo en nuestras vidas, precisamente por su sutileza, porque sus inspiraciones son casi, casi imperceptibles teniendo nosotros, a veces, la osadía de atribuirnos esa inspiración. Ya nos lo dirá San Pablo en la segunda lectura: para ver, conocer y comprender la acción del Espíritu en cada persona no busquemos hechos extraordinarios que nos obnubilan, sino busquemos la fe profunda con la que cada uno de nosotros, cree y profesa que Jesús es Dios (1Cor. 12, 3).

El Espíritu Santo, nos seguirá diciendo el Apóstol de los gentiles, es el incansable operador de la unidad; Él es el que edifica a la Iglesia como un solo Cuerpo místico, en el que todos nosotros, judíos o griegos, esclavos o libres (1Cor. 13, 13), somos insertados por el bautismo. Por tanto no dudemos: sin el Espíritu Santo no habría Iglesia, no habría predicación del Evangelio, no habría sacramentos, no tendríamos el impulso decisivo que necesitamos para llevar a cabo voluntad de Dios, no podríamos salir a dar testimonio… no podríamos amarnos unos a otros como Cristo nos amó.

 

Hoy, cincuenta días después de Pascua en que Cristo, el Señor, se ha ido apareciendo a sus discípulos para confirmarlos en la fe, habiendo ascendido triunfante y gloriosamente a los cielos, envía sobre la Virgen Santísima y el Colegio Apostólico, el Defensor, el Espíritu de Dios, Padre de pobres y dador de vida. Con la venida del Espíritu Santo, la Iglesia que permanecía escondida por miedo, recibe la fuerza para nacer. Es como la semilla, que en su interior encierra vida pero que necesita ese calor para brotar, para romper sus ataduras, para salir y mostrar al mundo la riqueza de su ser, lo que, en definitiva, se escondía detrás de una aparente “prisión” del miedo y la cobardía.

Con este don del Espíritu se derrama el amor de Dios sobre toda la creación y baja a lo más profundo del corazón de cada persona comunicándole vida y gracia. Ese mismo Espíritu Creador que se cernía (Gen. 1,2) sobre las aguas en el primer libro del Pentateuco es que el ahora desciende en forma de viento impetuoso y lenguas como de fuego; imágenes estas más que elocuentes para expresar la fuerza irresistible, la universalidad y la profundidad de lo que sucede. Comparable a una “segunda creación”; estamos frente a la verdadera inundación de gracia que derriba toda frontera y barrera entre el cielo y la tierra e instaura una comunión total. Nuestra tarea consiste ahora, fortalecidos por sus siete dones, no hacer vana la gracia que nos ha sido dada, sino hacer que dé frutos abundantes.

El misterio de Pentecostés es, en definitiva, misterio de santidad, de entrega total de Dios y a Dios. Silencioso e inesperado, Cristo se hace presente en nuestra vida y también fiel y misericordioso nos dirige a nosotros ese “la paz esté con vosotros. Recibid el Espíritu Santo” Y todo cambia. Nosotros también, como los discípulos seremos inundados de vida y sentiremos arder en nuestro corazón el deseo de convertirse en testigos y misioneros del Evangelio, en Iglesia que pregona la Buena Noticia de la salvación, constante y consciente de que la mies es mucha y los obreros pocos.

Nace hoy, pues, la Iglesia: morada del Espíritu, llamada a suscitar vida. Y nace desde la pequeñez, como la pequeña semilla de mostaza en un campo sin límites pero que parece inconsciente de la evidente desproporción de la misión: sabe que su secreto es la fuerza del amor y este y no otro, la norma de su vida. El ese mismo amor que viene de Dios y es Dios el que da energía y hace proceder con audacia a una “mujer” que hoy empieza a ser germen y vida para el mundo.

¿El secreto? “Ut Unum sint, ut mundus credat” que todos sean uno, para que el mundo crea. Si vivimos en un mundo incrédulo y ateo: ¿no será que todavía nos empeñamos en vivir desunidos haciendo oídos sordos el mandato del Señor? Osadamente saco una conclusión: el mundo no creerá si no ve en nosotros signos evidentes de unidad. Para ello comencemos por ser dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo… y dejemos discusiones bizantinas por nuestra cuenta sobre en que idioma se debe rezar o decir misa. Miremos a Pedro: él nos dará la respuesta.

Con todo mi cariño y mi bendición.

Vuestro en Cristo.

P. Juan.


VI domingo de Pascua

19 mayo 2009

Domingo VI de Pascua:

Del amor y la pasión”

1ª Lectura (Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48): “(…) Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere (…)”

2ª Lectura (1 Jn 4, 7-10): “(…) El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados (…)”

Evangelio (Jn 15, 9-17): “(…) Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado. Nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando (…)”

¿Acaso puede alguien ordenar amarnos? ¿No es absurdo que se exija obligatoriamente amar a quien no queremos o por quien no sentimos nada? ¿No es el amor, y con razón lo dice Santo Tomás de Aquino en su Summa Theologica (S. Th. I-II, 26,2), una pasión, un apetito de algo que no tenemos y que nos hace falta? Sería como si alguien nos obligara a tener hambre o sed… ¿cómo nos obliga el Señor a amarnos? Más bien sería lógico que nos lo dijera como consejo, induciéndonos, convenciéndonos de sus beneficios… pero ¿obligarnos bajo mandamiento expreso?

No es misión de la homilía desarrollar un tema tan complejo como este. Se trata solo de aportar, a grandes rasgos, los rudimentos necesarios para comprender las enseñanzas de Cristo en este domingo. Para curiosos del Doctor Angelicus existen algunas publicaciones interesantes que sí abordan más detalladamente este aspecto de la obra del gran dominico y que son, porque algunas poseo, interesantísimas y fidelísimas que, a más de uno le pueden ayudar a descubrir cosas.

Pero volvamos de nuevo a la pregunta que nos hacíamos al principio: ¿Qué amor es este, pensamos nosotros los hombres, que no es libre sino impuesto? La respuesta se encuentra precisamente relacionada intrínsecamente en la pregunta tal y como se la planteaba Santo Tomás de Aquino: el amor es una pasión y por tanto podríamos decir, siguiendo a San Agustín, una obligación del alma que le atrae hacia el objeto del propio placer, en el que sabe que encontrará el propio descanso. Por ejemplo: mostrémosle a un niño un juguete o una chuchería y lo veremos lanzarse a cogerlo. ¿Quién le empuja? Nadie; es atraído por el propio objeto de su deseo, por el apetito de alcanzar algo que no tiene y que necesita para su bienestar. Muéstrale, dirá el obispo de Hipona, el bien a un alma con sed de la verdad y se lanzará hacia él pues es atraída por su deseo de poseer esa verdad que anhela.

Entonces: si somos atraídos espontáneamente por el Bien ¿qué necesidad tenemos de un mandamiento y, por tanto, un deber? La respuesta es triste: mientras la voluntad del hombre sufra las consecuencias de esa herida que es su pecado original, está miope: no puede distinguir siempre el bien de si mismo y estará sometido a otras pasiones desordenadas que lo desorientan y le hacen perder el Bien Supremo o Bien último de la persona, Dios mismo.

Los mandamientos de Dios nos sirven para eso. No son absurdas leyes incomprensibles que hay que tragar porque así me lo enseñaron, sino guías ineludibles que hacen que todas mis intenciones, acciones y operaciones, como dice San Ignacio, estén ordenadas a la consecución de bien que verdaderamente deseo. El hombre quiere amar: se mueve por amor y solo por amor, y pone como objetivo aquello que según su razón es la fuente de ello. De ahí se comprende el amor al dinero, a la fama o al poder, que nos conducen por los caminos equivocados a la verdadera felicidad.

El hombre que ama verdaderamente quiere amar para siempre. El amor tiene necesidad de tener como perspectiva la eternidad puesto que el amor verdadero exige eternidad. De otra manera no es más que una broma, un “precioso malentendido” si lo queremos. El deber del mandamiento, sustrae al amor de lo voluble y lo ancla en la eternidad: lo protege, orienta, ordena al amor, porque lo encamina hacia su plena realización en nosotros.

Pero ese “deber” se ha de concretizar: no podemos quedarnos en una sola poesía, permaneciendo absortos en la belleza de los hechos. Amar se expresa en obras concretas. En Dios esto se ha llevado a plenitud en Cristo que, por su sacrificio redentor, nos perdona; en nosotros ha de manifestarse en obras de virtud: amabilidad, paciencia, sencillez, humildad… lo que todos sabemos y, por desgracia, hacemos poco.

Evidentemente no podemos solos. La ayuda de la gracia es indispensable. Gracia que significa, auxilio que viene de lo alto, que sana nuestra capacidad de amar, herida y debilitada por el egoísmo y que da constancia y perseverancia. El mismo San Juan en su carta nos indica la fuente donde encontrar esa fuerza para poner en práctica el mandamiento del amor: “(…) Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. (…)”.
Que la Virgen Santísima, en este mes de mayo, nos ayude en nuestra empresa, de purificar nuestro deseo y de encontrar, sin medias tintas ni lobos con piel de cordero, la fuente misma del amor que no es otra sino Dios mismo, revelado en el hijo de sus entrañas.

Con mi cariño y mi bendición:

Vuestro P. Juan