VI domingo de Pascua

19 mayo 2009

Domingo VI de Pascua:

Del amor y la pasión”

1ª Lectura (Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48): “(…) Dios no hace distinción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que fuere (…)”

2ª Lectura (1 Jn 4, 7-10): “(…) El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero y nos envió a su Hijo, como víctima de expiación por nuestros pecados (…)”

Evangelio (Jn 15, 9-17): “(…) Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado. Nadie tiene amor más grande, que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando (…)”

¿Acaso puede alguien ordenar amarnos? ¿No es absurdo que se exija obligatoriamente amar a quien no queremos o por quien no sentimos nada? ¿No es el amor, y con razón lo dice Santo Tomás de Aquino en su Summa Theologica (S. Th. I-II, 26,2), una pasión, un apetito de algo que no tenemos y que nos hace falta? Sería como si alguien nos obligara a tener hambre o sed… ¿cómo nos obliga el Señor a amarnos? Más bien sería lógico que nos lo dijera como consejo, induciéndonos, convenciéndonos de sus beneficios… pero ¿obligarnos bajo mandamiento expreso?

No es misión de la homilía desarrollar un tema tan complejo como este. Se trata solo de aportar, a grandes rasgos, los rudimentos necesarios para comprender las enseñanzas de Cristo en este domingo. Para curiosos del Doctor Angelicus existen algunas publicaciones interesantes que sí abordan más detalladamente este aspecto de la obra del gran dominico y que son, porque algunas poseo, interesantísimas y fidelísimas que, a más de uno le pueden ayudar a descubrir cosas.

Pero volvamos de nuevo a la pregunta que nos hacíamos al principio: ¿Qué amor es este, pensamos nosotros los hombres, que no es libre sino impuesto? La respuesta se encuentra precisamente relacionada intrínsecamente en la pregunta tal y como se la planteaba Santo Tomás de Aquino: el amor es una pasión y por tanto podríamos decir, siguiendo a San Agustín, una obligación del alma que le atrae hacia el objeto del propio placer, en el que sabe que encontrará el propio descanso. Por ejemplo: mostrémosle a un niño un juguete o una chuchería y lo veremos lanzarse a cogerlo. ¿Quién le empuja? Nadie; es atraído por el propio objeto de su deseo, por el apetito de alcanzar algo que no tiene y que necesita para su bienestar. Muéstrale, dirá el obispo de Hipona, el bien a un alma con sed de la verdad y se lanzará hacia él pues es atraída por su deseo de poseer esa verdad que anhela.

Entonces: si somos atraídos espontáneamente por el Bien ¿qué necesidad tenemos de un mandamiento y, por tanto, un deber? La respuesta es triste: mientras la voluntad del hombre sufra las consecuencias de esa herida que es su pecado original, está miope: no puede distinguir siempre el bien de si mismo y estará sometido a otras pasiones desordenadas que lo desorientan y le hacen perder el Bien Supremo o Bien último de la persona, Dios mismo.

Los mandamientos de Dios nos sirven para eso. No son absurdas leyes incomprensibles que hay que tragar porque así me lo enseñaron, sino guías ineludibles que hacen que todas mis intenciones, acciones y operaciones, como dice San Ignacio, estén ordenadas a la consecución de bien que verdaderamente deseo. El hombre quiere amar: se mueve por amor y solo por amor, y pone como objetivo aquello que según su razón es la fuente de ello. De ahí se comprende el amor al dinero, a la fama o al poder, que nos conducen por los caminos equivocados a la verdadera felicidad.

El hombre que ama verdaderamente quiere amar para siempre. El amor tiene necesidad de tener como perspectiva la eternidad puesto que el amor verdadero exige eternidad. De otra manera no es más que una broma, un “precioso malentendido” si lo queremos. El deber del mandamiento, sustrae al amor de lo voluble y lo ancla en la eternidad: lo protege, orienta, ordena al amor, porque lo encamina hacia su plena realización en nosotros.

Pero ese “deber” se ha de concretizar: no podemos quedarnos en una sola poesía, permaneciendo absortos en la belleza de los hechos. Amar se expresa en obras concretas. En Dios esto se ha llevado a plenitud en Cristo que, por su sacrificio redentor, nos perdona; en nosotros ha de manifestarse en obras de virtud: amabilidad, paciencia, sencillez, humildad… lo que todos sabemos y, por desgracia, hacemos poco.

Evidentemente no podemos solos. La ayuda de la gracia es indispensable. Gracia que significa, auxilio que viene de lo alto, que sana nuestra capacidad de amar, herida y debilitada por el egoísmo y que da constancia y perseverancia. El mismo San Juan en su carta nos indica la fuente donde encontrar esa fuerza para poner en práctica el mandamiento del amor: “(…) Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama, ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor. (…)”.
Que la Virgen Santísima, en este mes de mayo, nos ayude en nuestra empresa, de purificar nuestro deseo y de encontrar, sin medias tintas ni lobos con piel de cordero, la fuente misma del amor que no es otra sino Dios mismo, revelado en el hijo de sus entrañas.

Con mi cariño y mi bendición:

Vuestro P. Juan