“Ni Salomón en su gloria…”

Una vez más huelgan palabras para poder explicar lo que más nos valdría simplemente llevar a la oración. No se puede decir más claro.

¿Acaso puede olvidarse una madre del fruto de sus entrañas? ¿Acaso podría olvidarse de que en sus entrañas hubo vida una vez? ¿Aunque lo abandone?, ¿aunque lo rechace?… ¿aunque aborte? Yo nunca podré responder, en toda su verdad, a esa pregunta, pero la respuesta me la puedo imaginar sin miedo a equivocarme. Pues bien, nos dice el profeta Isaías en la primera lectura, aunque eso que parece imposible suceda… Dios nunca se olvidará de Sión.
Por eso tiene sentido lo que, en conexión y a la luz del Antiguo Testamento podemos interpretar, leer y comprender en el Nuevo Testamento. Si miramos el universo, si salimos al campo y miramos la naturaleza, la vemos hermosa en esta época del año; los fríos terribles del invierno han pasado y parece que todo renace. Las hierbas verdes, los árboles, los animales… a ninguno le falta el alimento y el sostén de cada día, ni Salomón en su gloria se pudo vestir como uno de ellos. Pues si eso hace con los irracionales, ¿qué no hará por nosotros que somos sus hijos? ¿Qué no hará por los que hemos sido redimidos por la sangre de su Hijo Unigénito?
Primero nos dice que no podemos servir a dos señores y después, conociendo nuestra naturaleza débil e insegura, nuestra falta de fe en definitiva, nos asegura el amor, y por tanto el cuidado que Dios tiene sobre sus hijos. No nos ha de faltar lo necesario para nuestro sustento… si verdaderamente confiamos en Él, en su Providencia. Admiro cuando alguna pareja joven viene a la parroquia a buscar fecha de boda y le preguntas por el trabajo, por la casa, etc, y ellos te dicen “ahí vamos, no tenemos nada seguro, pero ya va siendo hora de casarse” ¡Eso es fiarse de Dios! ¡Eso es el verdadero amor! Buscar el Reino de Dios y su justicia y pensar que el resto se nos dará por añadidura. Con esto, obviamente, no estoy diciendo que no sea importante la estabilidad familiar y que la pareja vaya a la aventura: con esto digo que no es necesario esperar a tener colgada hasta la tablita de la puerta donde dejamos las llaves al llegar a casa.
Y aquí es donde está el “quid” de la cuestión: que no es fácil fiarse de Dios cuando todo parece que se tuerce, se oscurece la fe y no vemos más allá del desastre, la amargura y la terrible situación que vivimos. Que no es fácil mirar al cielo y esperar cuando vivimos en medio de la enfermedad o la dificultad: pero es precisamente ahí cuando, no sabemos cómo, viene la fuerza de lo alto y nos abandonamos. El hombre no lo puede todo… y nuestra vida está en manos de Dios. Confiemos y no temamos… que hasta los pájaros tienen comida y las flores su belleza indescriptible gracia al que Todo lo puede. ¿Cuánto más tendremos nosotros si nos dormimos en sus brazos esperando nuestra ración de amor enloquecido?


Vivir de la Providencia: eso que aprendemos de los “prudentes” como San Francisco de Asís, Santo Domingo de Guzmán o la misma Bta. Madre Teresa de Calcuta, que no miraron tantos cómos y se fueron de lleno a vivir el “porque…”: porque es mi Padre, porque esta obra es suya, porque son los pobres entre los pobres y a Él mismo cuido y ayudo a devolver su dignidad.
Vivamos de la Providencia. Dejemos todos nuestros agobios a quien sabemos que se interesa por nosotros. Nuestro Padre del cielo… nuestro buen Padre.
Con mi bendición.
P. Juan.

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