Lo que no cuenta

“(…) Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. (…)” (1 Cor. 1, 30)
No hay síntesis más perfecta de la filosofía de Dios; de su forma de hacer las cosas. Buscar lo pequeño, lo que pasa desapercibido, lo inútil… para confundir entonces a los que se creen algo útil, imprescindible, grande o digno de verse. Y nosotros no lo comprendemos. Seguimos pensando que lo que vale es lo que aparece ante nuestros ojos en todo su esplendor. Pero Dios es tozudo y sigue queriendo que aprendamos esta lección que, al fin y al cabo, es tan importante, que nos abrirá o no, las puertas del cielo.

Así, escogió a Noé, un pobre loco que anunciaba un diluvio. Abraham, pastor de ganado que se marchó con sus “voces” a la tierra que ni él sabia donde era. Moisés; tartamudo y engañado desde su infancia que renegó de su trono adoptivo de Egipto para capitanear un grupo de esclavos. David; el más pequeño de entre los hijos de Isaí de Judá, adúltero y asesino de Urías el Itita. Amós era cultivador de Sicómoros y María, una muchacha de Nazaret casada con un carpintero joven, que ganaba lo justo para mantenerse con vida. Y Él mismo, que nació, vivió y murió pobre.
No encuentro, mis queridos hijos, un ejemplo más acertado que el del Testamento de Santa Bernardita Soubirous de lo que os digo; no lo entendáis como un modo de desentenderme y acabar pronto la homilía de hoy. Quizá este texto que os copio en su integridad y un poquito de Sagrario valga más que todos los sermones que quiera daros…
“(…) Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas, por mi constante cansancio… te doy gracias, Señor.
Te doy gracias, Señor, por el fiscal y el comisario y por las duras palabras del padre Peyramale.
No sabré cómo agradecerte, si no es en el Paraíso, por los días en que viniste, María, y también por aquellos en que no viniste. Por la bofetada recibida, y por las burlas y ofensas sufridas, por aquellos que me tenían por loca, y por aquellos que veían en mí a una impostora; por alguien que trataba de hacer un negocio…. te doy las gracias, Madre.
Por la ortografía que jamás aprendía, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, te doy las gracias.

Te doy las gracias porque si hubiese existido en la tierra un niño más ignorante y estúpido tú lo hubieses elegido… Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó “hermana María Bernarda…”, te doy las gracias. Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y que colmaste de amargura…
Porque la madre Josefa anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la madre maestra, por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación… te doy las gracias. Gracias por haber sido como soy, porque la madre Teresa pudiese decir de mí: “Jamás le cedáis lo suficiente…
Doy gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos, y que otras hermanas pudieran decir: “Qué suerte que no soy Bernardita”…
Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevarla a la cárcel porque te vi a ti, Madre… Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y tan miserable que, cuando me veían, la gente decía: “¿Esa cosa es ella?”, la Bernardita que la gente miraba como si fuese una animal exótico…
Por el cuerpo que me diste, digno de compasión y enfermo…, por mi enfermedad que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento… te doy las gracias, Dios mío.
Y por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por tus noches y por tus relámpagos, por tus rayos…, por todo. Por ti mismo, cuando estuviste y cuando faltaste… te doy las gracias, Jesús (…)” (Testamento de Santa Bernardita Soubirous. La Vidente de Lourdes.)
Que las bienaventuranzas sean nuestro examen de conciencia diario; será el termómetro de nuestra vida espiritual y cristiana.
Con mi bendición.
P. Juan.

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