“Bautizados en Cristo”.

Concluimos con este domingo el tiempo que comenzamos con la misa de Medianoche, en la Noche Santa de Navidad. En él hemos tenido oportunidad de contemplar el misterio de la Encarnación de Jesucristo, que, en esencia, es el mismo misterio de la Revelación de Dios.

“De muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas; en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo.” (Hb. 1, 1-2) Nos decía estos días la Palabra de Dios. Cristo es la plenitud de la Revelación de Dios que para demostrarnos su amor, vino a hacerse uno de nosotros, en todo semejante, menos en el pecado.
El catecismo de la Iglesia católica nos dice en sus primeros números, que el hombre es capax Dei, es capaz de Dios. Creado a su imagen y semejanza, el hombre no solo es capaz de Dios sino que ansía a Dios y solo en Él ve colmadas sus aspiraciones más íntimas. Por eso, cuando contempla el cielo, las estrellas, el universo; cuando se mira a sí mismo y ve el misterio que es él mismo, vuelve sus ojos al cielo para dar gracias a Dios por tantos dones, tanta vida, tanto amor.
No obstante no es eso suficiente para Dios, pues no solo quiere que se conozca su existencia sino que quiere hacernos hijos en el Hijo: quiere hacernos hijos suyos en Cristo. Dios quiere que seamos su familia, de los suyos, de los íntimos: “(…) Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; yo os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre. (…)” (Jn. 15,15). Por eso, Dios quiere comunicar su intimidad a los hombres. Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas. Dios se hace hombre, para hablar al hombre con palabras de hombre, para trabajar con manos de hombre y sobre todo, para amar como Dios, con corazón de hombre. Es por eso que el misterio de Belén se comprende a la luz del que nace, porque solo mirándole se comprende cuánto amor nos ha demostrado Dios al hacerse uno de nosotros: uno de tantos.
Sin embargo, para reconocerlo hay que estar vigilante. El ángel lo señaló a los pastores, los Reyes fueron conducidos por una estrella que los guiaba, Juan el Bautista dirá de Él, este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y hoy, la voz del Padre, lo proclama: “Este es mi hijo, el predilecto, escuchadle”. Todo en este tiempo son señales que indican quién es el que nos ha nacido y el hijo que se nos ha dado: el que es Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre Perpetuo y Príncipe de la Paz.
Pero qué significa hoy la fiesta del Bautismo de Cristo. Semejante en todo a nosotros menos en el pecado, no hiciera falta tomarlo y menos de manos de Juan, cuyo bautismo era sombra y figura de lo que había de venir. El bautismo de Cristo es, por una parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente de la humanidad: anticipa ya el “bautismo” de sangre que habría de sufrir y por amor lo acepta, lo mismo que acepta el bautismo de Juan.
A esta aceptación responde también, esta voz del Padre que pone toda la complacencia en su Hijo. En su bautismo se abrieron los cielos que el pecado de Adán había cerrado para el hombre y, desde entonces, el agua tiene el poder, en el sacramento que inaugura y que manda propagar, el don de perdonar los pecados de los hombres.
Nosotros, desde entonces, somos incorporados a la Iglesia y a su misión por este bautismo; nos hace miembros del Cuerpo Místico de Cristo y nos incorpora al pueblo de Dios en la Nueva Alianza por su sangre. Así, en esa igualdad que no entiende de partidos, banderas, sexos o colores, se construye la verdadera igualdad, que no viene por ley sino por el decreto del amor más puro.
Demos gracias a Dios hoy por nuestro bautismo. Por tantos bienes como Dios nos ha dado esta Navidad y sobre todo por ese tremendo misterio del amor de Dios manifestado en Cristo. Por él somos lo que somos.

Con mi bendición.
P. Juan.

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