Las dudas de San José.

Cuando comenzamos las ferias mayores de Adviento, días inmediatamente anteriores a la Nochebuena, el domingo IV de adviento nos presenta una nueva figura fundamental para nuestra preparación particular. La primera fue Isaías, el profeta de la esperanza, a continuación irrumpió con su azules celestes, nuestra Madre Inmaculada, Juan el Bautista nos anunció la inminente venida del Salvador… y ahora José nos enseña una lección importantísima en este adviento: el valor del silencio obediente del que lo espera todo en Dios.

Durante mucho tiempo los exegetas se han planteado el significado de esta perícopa del Evangelio que se ha proclamado hoy, denominada, las dudas de San José. Es evidentemente solo una teoría, pero viniendo de quien viene, no andará muy descaminada:
“(…) El origen de Jesucristo fue de esta manera: su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo (…)”
En el v.18 podemos ver que el problema de José no es simplemente que María esté embarazada. Tiene un doble elemento: estaba embarazada y embarazada del Espíritu Santo. El tema de que María había concebido por obra del Espíritu Santo está en el centro del problema. (…)
(…) En efecto, no aparece demostrado el silencio de María con respecto a José acerca de la concepción milagrosa que el Espíritu Santo había obrado en ella. Parece que más natural que María, virgen con ideal de virginidad haya desvelado a su desposado, partícipe en los mismos ideales, la nueva situación en la que Dios la ha colocado sin menoscabo alguno de su ideal de virginidad. Por tanto ¿qué inquieta a José? (…) La situación nueva planteaba para él un problema de conciencia, que José, como hombre justo quería resolver correctamente: ¿podía con conciencia tranquila hacerse pasar, al quedarse, por padre del niño venido de Dios? Este planteamiento sobre qué es lo que duda José es el único que concuerda con el texto.
(…) Este varón justo cree a María pero la duda de José no es sobre lo que le ha pasado a María: el problema está en cómo tengo que actuar en conciencia. En estas circunstancias psicológicas interviene el anuncio del ángel de Yahveh para decir a José que no debe abandonar a María; debe quedarse, tiene que tomar a María en su propia casa, celebrando así la ceremonia en virtud de la cual los desposorios se convertían en boda. (…)
(…) José debe tomar en su casa a María, aunque es verdad que la concepción es obra del Espíritu Santo; ello era precisamente el motivo precisamente que le hacía pensar en la posibilidad de un abandono. Sin embargo hay un motivo decisivo para que José tome a María en su casa; el debe servir al niño como padre jurídico.

Hay que tener en cuenta que el ángel le llama José bar David. Es importante que lo llame por su nombre y su apellido porque también es importante que el niño tenga también ese apellido. Al darle nombre lo mete en su familia, lo hace davídico. (…)” (P. Cándido Pozo Sánchez S.I . María, Nueva Eva. BAC. 2005)
Pero lo más importante, lo que me gustaría destacar sobre todo y ante todo de la figura de San José, es su absoluta obediencia a la voluntad de Dios, por incomprensible, estrecha y difícil que pudiera parecer. El silencio, la prudencia del que siempre obra lo que más conviene y no lo que más “le” conviene, la obediencia del que sacrifica su intelecto para someterse a lo que se le revela teniendo como única garantía, la veracidad de Dios que no puede ni engañarse ni engañarnos, etc, son las virtudes que describen una personalidad oculta, sí, la de José, pero heroica y completamente válida en los tiempos que corren.
Mucho avanzaríamos si en vez de exigir tantos supuestos derechos, nos diésemos cuenta de que no somos más que hombres pretenciosos que quieren escalar el cielo, olvidando que si queremos acceder a él, solo lo podremos hacer siguiendo el único camino que nos lleva al Padre, Nuestro Señor Jesucristo.
Miremos a San José, puesto por la Iglesia como custodio de ella, por ser el primero que protegió la primera Iglesia, la Sagrada Familia de Nazaret. Aprendamos de él a lo que nos dice Kempis, “Ora, mortifica los sentidos y calla”.
Con mi bendición,
P. Juan.

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