FRANCO Y LA IGLESIA CATÓLICA

Palabras pronunciadas en la presentación del libro “Franco, Juan XXIII y la Cruz del Cuelgamuros”, de Julio A. Gonzalo, en el Instituto CEU de Estudios Históricos el 1 de Diciembre.

Cualis vita finis ita. Como es la vida es la muerte. “Quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir” (Testamento de Francisco Franco).
Quien se expresaba así personalmente, no podía menos de plasmar esa fe que se hace vida en el ordenamiento político de su gobierno. Ley de Principios Fundamentales del Movimiento del 18 de mayo de 1958, n.2: “La nación española considera como timbre de honor el acatamiento de la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe inseparable de la conciencia nacional que inspirará su legislación”. Concordato de 1953, art. 1 y 2: “La Religión Católica, Apostólica y Romana, sigue siendo la única de la nación española y gozará de los derechos y prerrogativas que le corresponden en conformidad con la Ley divina y el Derecho Canónico. El Estado Español reconoce a la Iglesia Católica el carácter de sociedad perfecta y le garantiza el libre y pleno ejercicio de su poder espiritual y de su jurisdicción, así como el libre y público ejercicio del culto”. Recordemos que Pío XII otorgó la medalla de la Orden de Cristo, máxima distinción vaticana, a Franco ese mismo 1953 debido a que el desarrollo y posterior redacción de los acuerdos Iglesia-Estado habían sido realmente modélicos (fotografía de arriba).
Antes de entrar en la materia y ante la tiranía del espacio, es útil aclarar que nos asomamos a una realidad extremadamente compleja y extensa, por cuanto aquí especialmente, generalizar es caer en el reduccionismo más superficial y zafio, debido a las múltiples y necesarias ramificaciones existentes con la historia de la Iglesia y de España no sólo del siglo XX, sino también del XIX.
1. Martirio y Cruzada, no guerra civil
El léxico historiográfico, en ocasiones influenciado por corrientes de pensamiento anticristiano, tiende a deformar la verdad, es decir, la realidad o dicho de otro modo, la historia misma. Ocurre, por ejemplo, con la aplicación del término Reforma utilizado para referirse a Lutero y su obra, cuando lo único que Lutero consiguió fue deformar el dogma, la moral y las instituciones de la Iglesia hasta el punto de que cualquier parecido con el Evangelio -al que pretendía retornar-, resulte pura coincidencia, cuando no simple ficción. Con el término Contrarreforma, utilizado para referirse a la respuesta católica a la revolución religiosa del protestantismo, ocurre exactamente lo mismo, introduciendo además un matiz de temporalidad que no resiste el análisis histórico de los hechos contundentes. La Reforma de la Iglesia Católica había comenzado, por ejemplo en la España de los Reyes Católicos, mucho antes que Lutero destapara la caja de Pandora.
Lo mismo sucede con la guerra de 1936. D. Marcelino Olaechea, obispo de Pamplona, fue el primero en usar el término “cruzada”, en su carta pastoral del 23 de agosto de 1936: “no es una guerra la que se está librando; es una cruzada, y la Iglesia, no puede menos de poner cuanto tiene a favor de los cruzados”. El obispo de Salamanca, Pla y Deniel, dirá el 30 de septiembre de 1936: “Ya no se trata de una guerra civil, sino de una cruzada por la religión, por la Patria y la civilización”. El Cardenal Gomá el 23 de noviembre del mismo año: “Si la contienda actual parece como una guerra puramente civil, en el fondo debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica”. En 1958, el ya Cardenal Plá y Deniel, Arzobispo de Toledo, Primado de España y presidente de la Conferencia de Metropolitanos, lo que equivaldría hoy a la Conferencia Episcopal decía: “La Iglesia no hubiera bendecido un mero pronunciamiento militar, ni a un bando de una guerra civil. Bendijo, sí, una Cruzada”. Repasando los martirios de los 4.184 sacerdotes diocesanos sacrificados en la zona sometida bajo el terror rojo, junto con 2.365 religiosos, 283 religiosas, 13 obispos y cientos de miles de militantes y fieles católicos. Por no hablar de la destrucción de los edificios y del patrimonio cultural de la Iglesia: catedrales, bibliotecas, universidades, colegios, parroquias, monasterios, pinturas, esculturas, etc. En riguroso estudio científico, es decir, atendiendo a las fuentes primarias que son las fieles transmisoras de la objetividad de los hechos, -se puede afirmar sin ningún complejo políticamente correcto-, que realmente Franco en España, salvó a la Iglesia Católica del exterminio, de la mayor persecución que ha conocido en los veinte siglos de su historia, mayor incluso que las sufridas durante tres siglos por el Imperio Romano (Cf. A. Montero, Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939. BAC). Tampoco olvidemos la derogación de Franco de todas las leyes laicistas de la II República como la del divorcio, la enseñanza religiosa, el aborto (1938), culto público y un largo etcétera.
Cuando la Conferencia Episcopal Española utiliza la expresión “mártires españoles del siglo XX”, no deja de ser un eufemismo cruel, injusto y enteramente falso. Las víctimas no se produjeron en todo el territorio nacional, sino solamente en el sometido a la República. Además los martirios no se produjeron a lo largo de todo el siglo XX, sino que amenazaron con producirse durante la quema de iglesias y conventos en Madrid, el 11 de mayo de 1931, al mes escaso de la proclamación de la II República, y ante la absoluta pasividad de las fuerzas de orden público. La persecución religiosa comenzó en octubre de 1934 con la revolución de Asturias; pergeñada por el PSOE y los nacionalistas catalanes como una guerra civil ante las elecciones ganadas por el centro-derecha en 1933, y concluyeron con la rendición del bando republicano en abril de 1939. Uno de los últimos asesinados fue Mons. Anselmo Polanco, obispo de Teruel, el 7 de febrero de ese mismo año.
Caso aparte merecen los 14 sacerdotes vascos asesinados por el bando nacional porque no lo fueron por odio a la fe, “odium fidei”, sino por “odium” al PNV, es decir, mor motivos políticos. Los obispos de Vitoria y Pamplona, desde el primer momento, y coincidiendo con el criterio de la Santa Sede, condenaron la colaboración de los nacionalistas vascos con el gobierno republicano, enemigo declarado de la religión. Por consiguiente, por nacionalista que sea, a ningún obispo vasco se le ocurriría jamás abrir su proceso de beatificación, sencillamente porque no reúne ese requisito esencial para su tramitación. Además Franco en cuanto fue informado de estos sucesos los cortó de forma tajante y castigó severamente a los mandos y soldados implicados en esos asesinatos (Cf. Pío Moa, Los mitos de la Guerra Civil. La Esfera de los libros.).
Ante el hecho de la guerra, que no podía evitar, la Jerarquía no pudo elegir y “no podía ser indiferente”. “De una parte, se iba a la eliminación de religión católica. De otra, garantía máxima en la práctica de la religión”. El 1 de julio de 1937 los obispos españoles que no habían sido martirizados ni se encontraban fuera de España (el cardenal Vidal y Barraquer, de Tarragona y D. Mateo Múgica, de Vitoria) firman la Carta colectiva dirigida al episcopado católico de todo el orbe para explicar los sucesos de España. La opinión católica y la jerarquía se adhieren con entusiasmo al Movimiento Nacional, considerado como verdadera Cruzada aunque sin caer en triunfalismos, como recordará el Cardenal Gomá en 1937 con su carta pastoral sobre el sentido penitencial de la guerra. En ella explica que la guerra es hija del pecado.
Las distinciones entre Cruzada o guerra civil carecen de sentido histórico. Los papas, obispos y fieles –con mayor o menor asimilación, como ocurre con todo-, que la vivieron creyeron firmemente que la guerra civil era toda una Cruzada en defensa de la fe en el sentido más plenamente religioso del término. El sentir de la Iglesia tiene su formulación más autorizada en los papas. Pío XI, el 14 de septiembre de 1936 envía su bendición “a cuantos se han propuesto la difícil tarea de restaurar los derechos de Dios y de la religión”.
Pío XII, al terminar la guerra, envía su mensaje de congratulación “por el don de la paz y de la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano en vuestra fe y caridad, probados en tantos y tan generosos sufrimientos. España, nación católica y evangelizadora, ha dado a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la religión y del espíritu. Frente a la persecución religiosa, destructora de la sociedad, el pueblo español se alzó decidido en defensa de los ideales de la fe y de la civilización cristiana y supo resistir el empuje de los que engañados con lo que creían un ideal humanitario de exaltación del humilde, en realidad no luchaban sino en provecho del ateísmo. Este es el primordial significado de vuestra victoria”. (Radiomensaje al pueblo de la católica España, del 16 de abril de 1939).
2. Después de la guerra. El franquismo
El estado de ánimo compartido por la Jerarquía y la inmensa mayoría de los fieles era que el Caudillo suscita un sentimiento unánime de gratitud, admiración, confianza y cariño familiar. Unanimidad que se manifiesta por tres hechos:
a) Personas adversas o cuanto menos discrepantes, expresaron más que nadie, y no una sola vez, su calurosa adhesión: por ejemplo el cardenal Vidal y Barraquer (Cf. R. Aisa, Gomá, pág. 98), el abad de Montserrat, Escarré (Cf. Suárez, Franco, IV, pág. 305) y hasta finales de los sesenta el cardenal Tarancón.
b) Algunos, a quienes la opinión pública tiene por adictos, nunca se manifestaron en los primeros decenios, y no por oposición, sino por inserción en un clima familiar que no necesitaba declaraciones (Cardenal D. Marcelo, Mons. Guerra Campos).
c) Cuando en los años setenta llegó un tiempo de maniobras para el cambio político, ningún obispo diocesano eludió el proclamar su estimación positiva de la persona de Franco. Lo cual se constata claramente en las más que elogiosas homilías de la práctica totalidad del episcopado español a la muerte del Caudillo.
La magnitud del fenómeno se agiganta si se atiende a las manifestaciones emitidas acerca de Franco por los papas y obispos: por su contenido, unanimidad y persistencia difícilmente se hallaría nada comparable en relación con ninguna otra persona en los últimos siglos. Van mucho más allá de unas muestras de cortesía o de respeto debido a toda autoridad. No significan identificación con lo opinable de una política. Pero tampoco se limitaban a apreciar buenas intenciones. Se alababa juntamente con la ejemplaridad personal, la voluntad de servir a la Iglesia y la decisión de proyectar en la vida pública su condición de cristiano y la Ley de Dios proclamada por el Magisterio eclesiástico. Las innumerables manifestaciones las resumiremos en estas dos. Una del Papa Juan XXIII al Vicario Apostólico de Fernando Poo, en 1960: “Franco da leyes católicas, ayuda a la Iglesia, es buen católico, ¿qué más se puede pedir?” La otra es del cardenal Bueno Monreal, arzobispo de Sevilla, en 1961, dicha mirando a ciertos sectores de la opinión europea:
“La Iglesia respeta y ha respetado siempre la legítima potestad civil, como S. Pablo nos mandaba respetar incluso a los emperadores paganos. Pero cuando la Iglesia encuentra un gobernante de profundo sentido cristiano, de honestidad acrisolada en su vida individual, familiar y pública –que con justa y eficaz rectitud favorece su misión espiritual, al tiempo que con total entrega, prudencia y fortaleza trata de conducir a la Patria por los caminos de la justicia, del orden, de la paz y de su grandeza histórica-, que nadie se sorprenda de que la Iglesia bendiga, no solamente en el plano de la concordia, sino con afectuosidad de madre, a ese hijo que, elevado a la suprema jerarquía, trata honesta y dignamente de servir a Dios y a la Patria. Ese es precisamente nuestro caso”. Estas palabras fueron pronunciadas durante el acto público de inauguración del seminario de Sevilla, vendido después por el cardenal Amigo y transformado en la sede de la Junta de Comunidades. Ese mismo año Franco también inauguró el nuevo seminario mayor de Burgos –vendido por la diócesis y hoy convertido en un hotel,- y en su discurso dio las cifras que su Gobierno había invertido como ayuda a las edificaciones de la Iglesia. Baste como botón de muestra, desde 1939 a 1959 se habían construido en España de nueva planta, o reconstruido después de los destrozos de la barbarie roja, o notablemente ampliado, 66 seminarios. Las cantidades invertidas en los edificios de la Iglesia ascendían a 3.106.718.251 de pesetas. Pero el Caudillo no se ufanaba de esto, pues todo le parecía poco para Dios y su Iglesia, por eso concluyó su discurso diciendo: “Este es el granito de arena de nuestro régimen a la causa de Dios” (Pensamiento político de Franco, pág. 260).
Es constante, hasta la muerte, el reconocimiento del fervor cristiano y la ejemplaridad en la vida privada, de los que informa secretamente a Roma, desde el principio, el cardenal Gomá. Poco a poco, se conocerán prácticas muy significativas, por ser reservadas: rosario y misa diarios, gran piedad eucarística, retiros espirituales. En una Europa secularizada a Franco se le contempla como gobernante católico por excelencia. Identificado con la fe del pueblo y muy diferente de los hombres públicos del despotismo ilustrado, que halagan al pueblo despreciando su fe.
3. Pablo VI y el “caso Añoveros”
No hay que olvidar, que nunca Pablo VI fue afecto a Franco y a su régimen, de hecho, él dio en 1964 la orden de paralizar todos los procesos de beatificación de los mártires de 1936-1939; orden que después no sólo sería revocada sino apoyada decididamente por Juan Pablo II que sí conocía personalmente las sangrientas garras de la tiranía marxista. Se filtró en la prensa española que en los días de la elección de Pablo VI, un ministro lo lamentó ante Franco y éste cortó inmediatamente la conversación con estas palabras: “Ya no es el cardenal Montini, sino el Papa Pablo VI y todos le debemos obediencia”. El cardenal Tarancón recoge en su obra “Confesiones” (págs. 846 y 852) el viaje que hizo a Roma con respecto al último proceso de Burgos y la agitación que se ocasionó. Era el 2 de octubre de 1975. El cardenal dice que Pablo VI habla con elogio del Caudillo y le dijo estas palabras: “Franco ha hecho mucho bien a España y le ha proporcionado un desarrollo extraordinario y una época larguísima de paz. Franco merece un final glorioso y un recuerdo lleno de gratitud”.
En el incidente gubernamental con el obispo Antonio Añoveros –capellán de los requetés durante la Cruzada-, en 1974, el cardenal Tarancón atribuirá a Franco (“a quien sinceramente queríamos y admirábamos”) la solución pacífica del caso. El detonante había sido la orden del obispo a sus sacerdotes de leer un domingo en la homilía de todas las misas un carta pastoral marcadamente nacionalista. El mismo Añoveros, pocos meses antes, al surgir una situación conflictiva en torno a unos sacerdotes complicados en la violencia de ETA había propuesto a la Conferencia Episcopal una gestión ante el Jefe del Estado, manifestando que tenía una “gran confianza en su genialidad, serenidad, eficacia y ponderación”.
En los últimos diez años del franquismo, permaneciendo intacto el juicio de la Jerarquía, algunos sectores eclesiásticos, promotores del cambio político, envolvieron a la persona de Franco en silencios y veladuras. La actitud de Franco no varió: “Todo cuanto hemos hecho y seguiremos haciendo en servicio de la Iglesia, lo hacemos de acuerdo con lo que nuestra conciencia cristiana nos dicta, sin buscar el aplauso, ni siquiera el agradecimiento” (Mensaje de fin de año, diciembre de 1972).
4. Preparando la Transición
Éste es, sin lugar a dudas, el período más siniestro de la historia de la Iglesia en España pues la serenidad del tiempo demuestra el enorme error del compromiso temporal de la Iglesia con un orden político despojado de todo principio moral –incluida la ley natural, al basarse en el puro positivismo jurídico que instaura el totalitarismo democrático. Es decir, la dictadura de una mayoría ideologizada y manipulada por el relativismo sembrado por doquier por unos medios de comunicación abiertamente anticristianos y sectarios que no dejan de atacar y ridiculizar constantemente los valores morales cristianos. “Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia” (Veritatis Splendor n.101). “La democracia no puede mitificarse convirtiéndose en un sustituto de la moralidad” Evangelium Vitae n. 70). El sector dominante de la Iglesia en España encabezado por el cardenal Tarancón y respaldado por el Vaticano, principalmente por el cardenal Casaroli, ejerció una extraordinaria influencia corrosiva dentro del Régimen. Esto ocurrió así porque, al ser la Iglesia una de los pilares fundamentales del franquismo, por lo tanto, su defección infligía a éste un daño que ni de lejos podían causarle todos los partidos antifranquistas juntos.
Es más, el relativo auge de esos partidos en los años sesenta, en especial de los comunistas y la ETA, debió mucho a la protección eclesial. Ésta se hacía en nombre de un diálogo con el marxismo que benefició enormemente a éste y perjudicó de forma muy grave a la Iglesia. Esto se debía a una lectura sesgada, entre otras, de la encíclica Eclesiam Suam, texto programático del Papa Pablo VI. Esta manipulación ha sido definida por Benedicto XVI como “la ideología del diálogo”, que no busca la conversión a la fe católica del interlocutor sino falsas componendas sincretistas en nombre de una abstracta fraternidad irenista. Un órgano señero de esta nueva y revolucionaria línea fue la revista “cristiana” (por decir algo), Cuadernos para el diálogo, en la que llegó a leerse el deseo de que el gulag soviético se hubiera tragado definitivamente a Solzhenitsin, por no hablar del boletín informativo de la Acción Católica con la foto de Ché Guevara en su portada; toda una declaración de principios. Ni que decir tiene que la Acción Católica, en la que militaban varios cientos de miles de afiliados, sufrió una demoledora desbandada de sus miembros desapareciendo en la práctica totalidad de las diócesis hasta el día de hoy. Había algo extremadamente majadero, inane y turbio en aquella línea tan desmoralizadora para millones de católicos, uno de los cuales era el propio Franco, que contemplaba con profundo dolor y enorme sorpresa la conducta suicida de la Iglesia en España que se avergonzaba de sus mártires y glorificaba a sus verdugos y apóstatas.
Para definir las nuevas posiciones políticas de la Iglesia se reunió la Asamblea Conjunta de Obispos y sacerdotes en 1971, donde culminó la escenificación de una ruptura con el régimen, al que descalificaban como contrario a los derechos humanos y a la justicia social. La sinceridad de esa declaración viene medida por el apoyo de ese mismo clero a partidos tan respetuosos con los derechos humanos y la justicia como el PCE y la ETA. Incluso en una moción muy votada se descalificó rotundamente la Iglesia martirial: “Pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos”.
Desprecio inimaginable a las víctimas: los miles de mártires que murieron perdonando, se equivocaron. Y Franco junto con todos los que habían combatido para salvar a la Iglesia, directa y físicamente, del exterminio, eran colocados al mismo nivel que los exterminadores. A un nivel en realidad inferior, por cuanto los acusaban de despreciar los derechos humanos. De hecho, pedían perdón a quienes habían pretendido erradicar el cristianismo de la faz de España. En la Asamblea Conjunta junto a las reivindicaciones políticas se mezclaron otras de carácter marcadamente protestante y liberal como la abolición del celibato eclesiástico, de la condena a los métodos anticonceptivos, la defensa del sacerdocio femenino… al final se cerró la Asamblea con un acuerdo tácito de silencio entre obispos y sacerdotes, no obstante, ya en adelante muchos la siguieron como hoja de ruta.
No cabe la menor duda de que ésta actitud episcopal haya colaborado poderosamente a la llegada del ultralaicismo actual. Una de esas razones fue el temor oportunista de que la Iglesia tendría que pagar una factura muy cara al caer el régimen, y el cálculo erróneo de que la oposición de izquierdas iba a jugar entonces un papel determinante por lo que convenía congraciarse y (contagiarse) con ella. Pero el franquismo se transformó en democracia, y la oposición izquierdista tuvo poco peso (el PSOE no había sido nuca oposición real, menos aún el PCE). La factura pagada por la Iglesia ha sido, en efecto muy alta.
5.- Epílogo
“Brille la luz del agradecimiento por el inmenso regalo de realizaciones positivas que nos deja este hombre excepcional, esa gratitud que le está expresando el pueblo y que le debemos todos, la sociedad civil y la Iglesia, la juventud y los adultos, la justicia social y la cultura, extendida a todos los sectores. Recordar y agradecer no será nunca inmovilismo rechazable, sino fidelidad estimulante” (Don Marcelo González Martín, Cardenal Arzobispo de Toledo, Primado de España. 23 noviembre de 1975).

Padre Gabriel Calvo Zarraute.

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