29 DE NOVIEMBRE: EL DESTINO ESTABA ESCRITO EN LAS ESTRELLAS

Querido amigo:
Hoy, 29 de noviembre, se cumplen 29 años de los incidentes por los que fui sancionado con tres meses de prisión militar.
Cuando se cumplieron los 25 años, puse un correo a algunos compañeros de promoción, para que al menos ellos supieran la verdad. Ahora quiero hacer lo mismo con los numerosos amigos con los que mantengo contacto por este medio.

De aquellos hechos acaecidos en 1.981 se hicieron eco todos los medios de comunicación, con especial preponderancia de los escritos, que los recogieron como “Los sucesos de La Coruña”
La información aparecida en las portadas de los diarios y extensamente en páginas interiores, era que un capitán -daban nombre y apellidos completos- al mando de una unidad de la Policía Militar, había disuelto una autorizada y pacífica manifestación anti-OTAN, sin que curiosamente nadie se planteara el porqué lo había hecho. Aún hoy, la tendenciosa información que se difundió en su día, puede seguir leyéndola quien entre en internet con mi nombre y apellidos completos.
Estando en el Castillo de la Palma, dos o tres días después del incidente, recibí varias llamadas de periódicos en las que se me daba la posibilidad de explicar mis motivaciones o mi versión de los hechos
Mi respuesta fue igual para todos: Yo era militar y no debía hacer declaraciones a la prensa, ya lo harían mis mandos explicando lo realmente sucedido.
Es cierto que ante el revuelo formado y como nadie en su sano juicio podía creerse el que un capitán pro-OTAN le diera por disolver una manifestación anti-OTAN, la División de Inteligencia del Cuartel General del Ejército emitió una nota oficial que se publicó el día 4 de diciembre en Diario 16 y de la que más o menos extensamente se hicieron eco el día 5 los demás diarios. Igualmente se leyó a los Cuadros de Mando en todas las Unidades del Ejército.
En dicha nota se ponía de manifiesto que la intervención de la Policía Militar no había sido contra la manifestación Anti-OTAN sino a consecuencia de los insultos proferidos por los manifestantes, dejando claro, no obstante y con carácter previo a la instrucción judicial “Que el capitán jefe de la unidad se había extralimitado en sus funciones y sería sancionado en un castillo”
Como la “Nota Oficial” dejaba muchos aspectos sin clarificar, cumplida la sanción de tres meses solicité mediante instancia que el organismo correspondiente aclarara en toda su extensión lo sucedido, difundiéndolo a los mismos destinatarios que la primera nota oficial. Ni que decir tiene que no se hizo, contestando a mi escrito en el sentido de que ya se hizo en su día y por ello no era “ni necesario ni procedente”.
Hoy, 29 años después, internet me permite difundir a mis amigos -y posiblemente a los amigos de mis amigos- la verdad de lo sucedido, mínimo grano de arena comparado con la difusión que tuvo en su día la tendenciosa versión publicada y que aún hoy sigue propalándose mediante la red.
….DEBIENDO EN LOS CASOS DUDOSOS ELEGIR LO MÁS DIGNO DE SU ESPÍRITU Y HONOR. (Art. 33 de las RR.OO.)
Los años 80 y 81 fueron sin duda años difíciles para España y lógicamente para su Ejército. Una recopilación de noticias en las hemerotecas pondría de manifiesto el elevado número de ofensas -de palabra y obra- inferidas a las Fuerzas Armadas. Ni siquiera la pacífica y tradicionalmente unida al Ejército ciudad de La Coruña, era una excepción.
Durante el otoño de 1981, siguiendo lo que ya era habitual, en cada manifestación callejera fuera cual fuese el motivo de la protesta, se situaba en cola un grupo que aprovechaba para injuriar gravemente al Ejército, con la pasividad, cuando no con la participación y regocijo de los integrantes de la manifestación convocada.
Tales hechos públicos, obviamente eran conocidos, por tanto el General Gobernador Militar Álvarez de Toledo y Mencos, como el Gobernador Civil Sr. Gómez Aguerre
El domingo 22 de noviembre, el capitán jefe de la compañía de Policía Militar Nº 82 Lorenzo Fernández Navarro comentó el hecho con el entonces jefe de la Oficina de Información del Gobierno Militar, quien le reconoció haber oído personalmente los insultos días atrás mientras paseaba con su mujer e hijas.
-Pues si el próximo domingo 29 en la manifestación anti-OTAN anunciada vuelven a repetirse, no van a quedar la cosa así-
Fue la respuesta del capitán, recibida con una sonrisa indulgente por el comandante jefe de la O.I.S.
El domingo 29 de noviembre de 1981 tuvo lugar como estaba anunciado (“consentida” pero no “autorizada” según informe posterior del Gobierno Civil) una manifestación anti-OTAN convocada por varios partidos políticos: PSOE, PC, BNG etc.
Como era habitual, en cola se puso un grupo de unas doscientas personas pertenecientes a grupos “pacifistas” “ecologistas” “ácratas” “colectivo aurora” e incluso representantes del “colectivo gay de La Coruña” según podía verse en las pancartas que portaban. Alguno iba disfrazado o llevaba en la mano un casco de guerra convertido en maceta, flor incluida.
Nada más salir la manifestación de la Plaza de Pontevedra comenzó, a voz en grito, la letanía.
Militares, cabrones, comeros los neutrones
Ejército, cabrones, tocarnos los cojones
Pelote, pelote, militar el que no bote (saltitos)
Chu, chu, pajaritos a volar, militares a cagar
(Escenificación colectiva, en cuclillas y con “aleteo” de codos)
Era mediodía de un domingo soleado por lo que cientos de personas contemplaban aquella mofa. El capitán de la Policía Militar, vestido de paisano, observaba los hechos, para cerciorarse personalmente de cuanto le habían informado sus subordinados, relativo a insultos al Ejército, durante las manifestaciones…
En principio su intención era sólo comprobar la información recibida, para posteriormente dar cuenta al Mando, aportando su testimonio directo. Pero de pronto, las festivas repeticiones de las frases ya referidas, dieron paso a un incremento del ambiente jocoso al tiempo que se coreaban otras nuevas:
¡Aquí sin galones, no tenéis cojones!
¡Sin estrellas ni galones, no tenéis cojones!
To much for body….
Sobre todo al observar que entre el nutrido grupo de manifestantes que gritaba enfervorecido tales lindezas, había soldaditos vestidos de paisano (pelo corto, botas de tres hebillas asomando bajo los vaqueros, bolsas de costado caqui y en definitiva, con edad y “pinta” inconfundibles).
En ese preciso instante, las palabras eternas que anunciaron el “Paso de Rubicón” se tradujeron así:
“Me cago en la madre que os parió” “Os voy a dar ostias hasta que cantéis el Miserere”
Y por sus pecados -y los míos- tal permitió Dios.
El capitán se dirigió al cuartel y con unos pocos policías militares que componían el retén de los días festivos, organizó la operación, contando para ello con el valor, la lealtad y la disciplina del subteniente Bernal y de todos los Policías Militares.
La “Misión” era esperar un momento propicio para actuar contra los que injuriaban al Ejército sin interferir la manifestación anti-OTAN, detener a los que fueran soldados para llevarlos a la Guardia de Principal y retener a los que fueran paisanos entregándolos a la Policía para denunciarlos a continuación por ofensas al Ejército.
Contar como se desarrollaron los acontecimientos no es posible por su extensión, por ello sólo decir que a pesar de las providencias tomadas con tal fin, no fue posible quedar al margen de la gran manifestación anti-OTAN y cientos de manifestantes, apercibidos de lo que estaba pasando a sus espaldas, se abalanzaron sobre los policías militares que actuaban sobre el colectivo antimilitarista -entre los que había soldados vestidos de paisano como ya se ha dicho- y que se mofaban del Ejército.
La situación en la Plaza de María Pita se transformó en dramática y sólo había una forma de resolverla. Se empezó a repartir “leña” con denuedo. Eran varios cientos que agredían a los Policías Militares con los palos de las pancartas y botellas sacadas de los bares: En frente estaban no llegaban a veinte soldados a los que su abrumadora inferioridad numérica empezaba a hacerles flaquear el ánimo ante aquel acoso del “enemigo exaltado”.
Una situación ciertamente comprometida que exigía una reacción resolutiva e inmediata. La idea de los manifestantes, de que por ser pocos los soldados era fácil machacarlos y quitarles las armas, debía ser sustituida en el subconsciente colectivo de la masa por el pensamiento de que algunos de ellos iban a ser muertos… en una palabra, provocar el pánico como única forma de contrarrestar la enorme inferioridad numérica.
Dos disparos hechos por el capitán de la compañía, no al “aire”, sino a metro y medio de distancia, sobre la cabeza de los que formaban la vanguardia y a “peinaraya”, tuvieron el resultado previsto y deseado. La gente se desbandó y en su caótica escapada no pocos cayeron (o se tiraron) a las aguas del puerto.
Reunidos los dispersos ante el Gobierno Civil (se cuidaron mucho de ir al Gobierno Militar custodiado por la PM) sus dirigentes subieron para contar su versión de la feria, a saber; “sin ningún motivo habían sido agredidos por la Policía Militar”… y a presentar sus peticiones: Prisión y destitución del capitán y libertad inmediata de los detenidos “estén bajo la jurisdicción que estén”.
El Gobernador Civil transmitió telefónicamente versión y petición al General Gobernador Militar que se encontraba en la Hípica tomando el aperitivo, quien de inmediato se comprometió a cumplir lo que se le pedía.
Con tan satisfactoria respuesta, el Gobernador Civil se asomó al balcón y utilizando la megafonía de la Policía Nacional -que ahora si había recibido orden de aparecer para proteger el edificio- comunicó al pueblo amotinado y asustado a sus pies “Que se fueran a sus casas pues el Gobernador Militar le había prometido que serían cumplidas sus exigencias”
Y así fue. Los detenidos por injuriar al Ejército que habían sido entregados en la Inspección de Guardia de la Policía Nacional, fueron puestos en libertad y a continuación arrestado el capitán de la Policía Militar. Al día siguiente quedaba disponible perdiendo el destino e ingresaba en el Castillo de la Palma en El Ferrol del Caudillo.
No le pillaba por sorpresa, pues la misma noche de los hechos, estando en arresto domiciliario en la Residencia Militar de Plaza, con catorce días impuestos por el General Álvarez de Toledo (que no había considerado necesario para arrestarle conocer por testimonio directo su versión de lo sucedido) había oído por la radio que Ya estaba en un castillo, por lo que había preparado su equipaje.
Toda la prensa radio y televisiones, se desgañitaron con la noticia de que un capitán pro-OTAN y “golpista” había disuelto una pacífica manifestación anti-OTAN.
Cuando ya después se supo lo realmente sucedido se tapó púdicamente.
El General Gobernador Militar solicitó al nuevo Capitán General, Joaquín Ruiz de Oña González, recién incorporado (Los hechos tuvieron lugar entre la marcha del anterior, Manuel Fernández-Posse García y la llegada de Ruiz de Oña) que levantara al capitán el arresto que él mismo le había impuesto (posiblemente arrepentido o avergonzado de su actuación) pero el nuevo Capitán General, al parecer por indicación del Teniente General Gabeiras decidió dejar las cosas como estaban “Debido a la gran trascendencia que habían tenido en toda la prensa los hechos”.
Un año después los revoltosos fueron juzgados por la jurisdicción civil por injurias al Ejército, (se había tomado la precaución de sacarles fotos durante el recorrido de la manifestación, y se contaba con el testimonio de civiles que presenciaron los hechos) y tras declararlos culpables, el juez les impuso una “pena” de cuatro días de arresto menor sin perjuicio de ir al trabajo… ¡..!
¿Qué habría pasado si durante la vista, el capitán que se hallaba presente citado como testigo de cargo, hubiera dicho “Jueces, cabrones, tocarme los cojones” y “Sin togas ni ropones, no tenéis cojones”? Ganas tuvo, desde luego, sobre todo cuando el fiscal en su perorata, sin venir a cuento, (pues los acusados eran quienes habían injuriado al Ejército) se creyó en la necesidad de reconvenir públicamente al capitán que “había pretendido defender (sic) a los españoles de sus libertades”
Al capitán, además de quedar disponible perdiendo el destino, se le había condenado a tres meses de prisión militar tras incoársele un expediente por falta grave, acusado de excederse en sus atribuciones….
Ya ha llovido mucho desde entonces y en absoluto se pretende justificar la conducta de aquel capitán; es más, si alguien considera que obró incorrectamente y mereció la sanción, está en su pleno derecho de opinar así.
Solamente habría que dejar una serie de cosas claras: Se ocultó deliberadamente la realidad de lo sucedido. El capitán fue sancionado por excederse en sus atribuciones (abuso de autoridad) pero a nadie se le exigió responsabilidades por hacer dejación de ella.
Y finalmente, en el recuerdo de aquel capitán, quedan los hechos como una anécdota de su vida profesional y la estancia en el Castillo de la Palma, como uno más de los gratificantes dieciséis destinos que, contándolo como tal, ha tenido a lo largo de su vida militar.
No obstante, la narración completa de todo lo que sucedió, de su trascendencia muy superior a la que merecía el incidente (desencadenó el “Manifiesto de los Cien” que a su vez tuvo una enorme influencia en acontecimientos posteriores) de las miserias y grandezas humanas que se pusieron en evidencia, da sobradamente para escribir un libro que, si Dios quiere, se materializará algún día para que perdure en la memoria de mis hijos y mis amigos…. Y para que cada palo aguante su vela.
Pero hasta que disponga del tiempo y del sosiego necesario para acometer el proyecto, (he conservado la base documental que me permitirá refrescar la memoria y avalar cuanto diga) adelanto las siguientes consideraciones.
Entre los que proferían los graves insultos al Ejército, había soldados de paisano por lo que la intervención de la Policía Militar, con la normativa vigente en la fecha, no sólo era correcta sino obligada. Eran soldados de otras guarniciones llevados en autobuses por ciertos partidos políticos que sabían que por orden del Capitán General Fernández- Posse la Policía Militar vigilaba el que se cumpliera la normativa por la que los militares no podían tomar parte en las manifestaciones.
Aunque no se pudo detener a ningún soldado, pues lógicamente fueron los primeros en escapar, estando en prisión militar tuve conocimiento de la identidad de al menos uno. Juan Antonio Ambroa Leiro, natural de Villagarcía de Arosa que cumplía su servicio militar en el Parque de Automóviles de Pontevedra.
Un teniente jurídico, amigo mío y destinado en la Asesoría Jurídica de la Capitanía General, que soltero como yo vivía también en la Residencia de Plaza y comía en mi mesa, vino a verme. “Te están ocultando el hecho más importante para tu defensa -me dijo- hemos sabido que a un soldado de Pontevedra le han impuesto dos meses de calabozo porque cuando estaba contando a otros compañeros su participación en la manifestación y el como había podido escapar de la Policía Militar por los pelos, le oyó un sargento que dio parte de los hechos”.
Me proporcionó todos los datos, diciéndome que con ello la intervención de la Policía Militar estaba justificada y el expediente disciplinario incoado por la presunta falta grave de extralimitarme en mis funciones al dar a mis subordinados la orden de actuar, debería cerrarse sin responsabilidad ya que los acontecimientos posteriores -enfrentamiento con el paisanaje- fue consecuencia del cumplimiento de nuestras obligaciones. De hecho ya habían ocurrido incidentes en algunas ocasiones al intentar la población civil impedir que la Policía Militar identificara a algún soldado que deambulaba desastrosamente uniformado o borracho por la calle.
Naturalmente el jurídico me advirtió que no podía revelar el origen de la información pues estaba destinado en donde se estaba cociendo el guiso.
Cuando al declarar ante el juez instructor, coronel Fermín Cameo Lucía al que acompañaba su secretario el teniente José Seoane Fernández, alegué en mi descargo la existencia de soldados de paisano entre los manifestantes que injuriaban al Ejército identificando con nombre y apellidos al arrestado en Pontevedra, me preguntó: ¿Y tu como lo sabes?
Pedí que la pregunta constara en la indagatoria (para que quedara constancia de que lo que realmente interesaba, no era el hecho que alegaba en mi defensa, sino el saber cómo me había enterado)
Esperé a que el secretario terminara de teclear: “Preguntado para que diga como lo sabe, responde que”: -“No tiene intención de manifestarlo”-
Juez y secretario se quedaron de piedra. A la vista de ello el juez no consideró pertinente practicar la prueba, que hubiera sido tan sencillo como poner un oficio al coronel del Parque de Automóviles de Pontevedra, inquiriendo si el soldado estaba en el calabozo y el motivo por el que había sido sancionado (algo que por otra parte era innecesario pues la Unidad ya había informado de ello a Capitanía y por eso lo sabía el teniente jurídico).
El caso es que con el CJM vigente, en los expedientes por falta grave, además de no haber defensor, el juez instructor podía practicar o no la prueba según su criterio y evidentemente en aquellos momentos no interesaba practicarla ya que se hubiera puesto de manifiesto y trascendido el grave hecho de que soldados pertenecientes a partidos políticos o simpatizantes de ellos, asistían a manifestaciones para, arropados en ellas, injuriar a sus Mandos y al Ejército.
También crearía el problema de justificar el arresto de dos meses impuesto por el General Gobernador Militar Álvarez de Toledo y Mencos y obligaría a cerrar el expediente por falta grave sin responsabilidad o bien a buscar otra motivación distinta a aquella por la que se había iniciado.
Sólo recordar que, como ya se ha dicho, el 29 de noviembre de 1.981 ya no había un verdadero Capitán General en Galicia (el Teniente General Fernández Posse) pues de haber estado no hubiera pasado nada -tal vez incluso una felicitación en privado- Cuando se sustanció el expediente judicial el que “figuraba en el cargo de Capitán General” era el Teniente General Joaquín Ruiz de Oña González.
Transcurridos 29 años, es para mí todo lo sucedido una anécdota, una querida anécdota, con una sola connotación negativa que me llena de pesadumbre: Por causa de esta “vicisitud profesional” he pasado a la reserva sin haber tenido el alto honor de haber estado destinado en el Tercio.
Pedí vacantes en la Legión bastantes veces, pero el destino quiso que siempre hubiera peticionarios con más méritos que yo. La gran ocasión perdida fue cuando por O. 362/16.077/87 (DO nº 154) salieron cuatro vacantes en el Tercio D. Juan de Austria en Fuerteventura. Sólo fuimos tres los peticionarios y yo llegué a Madrid propuesto el primero…. Pero por no tener borrada la hoja de servicios se me excluyó.
En el BOD apareció publicado “Para cubrir parcialmente las vacantes… se destina”
Se cubrieron solamente dos y quedaron sin cubrir “la mía” y otra. Aquello me obligó a poner en marcha lo que no había querido hacer hasta entonces, iniciar el proceso de cancelación de lo que yo, en ningún caso, consideraba una “nota desfavorable” en mi hoja de servicios.
Por eso tal vez, el último escrito que redacte a punto de finalizar mi vida militar será destinado al Mando de Personal (MAPER) del siguiente tenor.
“El 19 de febrero de 1.982, por resolución del expediente judicial Nº 107/81 incoado por la comisión de una falta grave del Artículo 435 nº3 del CJM, se me impuso el correctivo de “Tres Meses de Prisión Militar”
Dado por sentado que la sanción fue conforme a derecho y merecida -pues así lo estimó la autoridad judicial el Excmo. Sr. Teniente General D .Joaquín Ruiz de Oña González- consideré no obstante que había actuado de acuerdo con mi honor y espíritu, como preconizan las Ordenanzas para el oficial que se encuentra en un caso, cuando menos, dudoso.
Por ello tomé la decisión de no borrar la sanción de mi hoja de servicios, pero al tener la evidencia de que ello me cerraba la posibilidad de cumplir otra obligación militar, cual es la de optar a los puestos de mayor riesgo y fatiga, me vi obligado a cancelar la nota desfavorable.
Hoy, desaparecida la causa que me obligó a ello, solicito que se me anote nuevamente la sanción para satisfacción mía y de mis herederos”
Nada más amigo mío: Hoy como todos los años en esta fecha celebraré una fiesta familiar en la que recuerdo con alegría y nostalgia una jornada memorable que propició mi encuentro con la fortuna, materializada por la mujer más inconmensurablemente maravillosa que Dios puso sobre la Faz de la Tierra.
Con todo mi afecto recibe un fuerte abrazo, unido al deseo ferviente de que hoy tengas, también tu, algún motivo para que te embargue la misma felicidad que a mí me destila por cada rincón del alma.
Lorenzo Fernández-Navarro de los Paños

PS. También tengo hoy un emocionado y agradecido recuerdo para los compañeros que me escribieron o pusieron telegramas al Castillo de la Palma, con especial mención a Eduardo Barrecheguren y Adolfo Coloma que vinieron a verme desde muy lejos, y a Emilio Bosch, que también tuvo el detalle de venir a verme, aún siendo de la promoción anterior…. Algo que no hizo por cierto FMA a pesar de ser ambos de la XXX promoción y estar destinado en La Coruña.
Tampoco quiero olvidar a Juan Díaz y Díaz (El Grillo) gracias a quien se publicó en el desaparecido “Heraldo Español” la verdad de lo ocurrido para constancia en las hemerotecas.
Y para finalizar te recomiendo que vuelvas a leer las “florecillas” que en plena vía pública dedicaban al Ejército y a los militares los manifestantes, cotejándolas con lo que púdicamente consignó el Auditor de Guerra, teniente coronel jurídico (hoy General Auditor retirado) Jaime Hervada Fernández-España en el expediente incoado por falta grave: “Gritos, algunos de ellos, al parecer posiblemente, injuriosos para el Ejército” (sic)……
Y de aquellos polvos, estos lodos.

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