Discurso de Miguel Menéndez Piñar en la Plaza de Oriente

Bienvenidos, camaradas y amigos, en el día de Cristo Rey, a la Plaza de la Lealtad.

La Plaza de la Lealtad, porque gracias a vosotros, y a los miles de españoles que han venido aquí durante tantos años, se ha alzado una voz contra la mentira impuesta por un sistema socialista y liberal. Un sistema que trata de derribar nuestra historia, la historia épica de un pueblo, porque detesta el origen y la misión que ha tenido España durante varios siglos.

Nosotros no tenemos enemigos. Ni siquiera los hemos buscado nunca. Somos, simple y llanamente, los hijos de una Patria despedaza, aniquilada, que agoniza moribunda porque ya no reconoce su historia. Pero que nadie se confunda. Si España se ve atacada, si España sigue asediada, nosotros, hoy y mañana, volveremos a esta Plaza para levantar una Bandera. La Bandera del Honor frente aquellos traidores que se cambiaron de chaqueta. La Bandera de la Verdad frente a las calumnias vertidas contra nuestro pasado. La Bandera de nuestra Historia que está empapada con la sangre de nuestros mayores. La Bandera, roja y gualda, en última instancia, que será defendida hasta las últimas consecuencias.

Los enemigos de España se hicieron fuertes durante la nefasta II República y vuelven a la carga en nuestros días. Por eso, los villanos de entonces son el modelo de hoy, auténticos criminales sanguinarios que, sin escrúpulos, trataron de reducir física, moral y espiritualmente a nuestra Patria. Sin ningún tapujo, este sistema homenajea permanentemente a personajes tan ilustres como Indalecio Prieto que, pistola en mano, amenazó de muerte en el Congreso de los Diputados a Jaime Oriol en el año 34. Dos años más tarde, el mismo Prieto cumplió las amenazas dando orden a la Guardia de Asalto para que asesinaran a balazos al diputado José Calvo Sotelo. Ese es Indalecio Prieto, el socialista moderado, un personaje pacífico y democrático como podéis comprobar. Otra figura ensalzada es la de Largo Caballero, Presidente del Comité Nacional Revolucionario, responsable de la Revolución de Asturias que provocó mil cuatrocientos muertos. Fue condenado por aquellos hechos y no os creáis que se arrepintió de ello durante su corta estancia en prisión. Al contrario, aprovechó esos meses de cárcel para leer a Carlos Marx y disfrutar de su posterior libertad defendiendo la dictadura del proletariado. No contento con ello, ya en 1936, durante su presidencia, puso en marcha las famosas checas del PSOE, donde se robaba, se violaba, se torturaba y se asesinaba a intelectuales y burgueses, gentes de bien, curas y monjas. Sólo en Madrid perdieron su vida más de doce mil personas inocentes.

Largo Caballero, el Lenin español, lógicamente, también, un personaje pacífico y democrático. Podemos poner más ejemplos. Y ejemplos cada vez más lamentables como el de Lluis Companys, un delincuente de Ezquerra Republicana que se convirtió en Presidente de la Generalidad Catalana, encarcelado constantemente, desde su juventud, por agitación y terrorismo. El presidente catalán que respaldó legalmente a las milicias de la CNT, coaligadas con Ezquerra Republicana, publicando un decreto el 23 de Julio de 1936 en el que habla, literalmente, “ de aniquilar, en toda Cataluña, a los últimos núcleos fascistas existentes”. Para ello creó varios comités de milicianos que se encargaron de aplicar sus directrices y cometer, sólo en el año 36, más de 8.000 asesinatos.

Nuevamente el modelo pacífico y democrático, propuesto, hoy, en las escuelas catalanas. Pero los hubo, y los hay, peores. Digo los hay, porque todavía viven algunos de aquellos genocidas. Viven y no han sido juzgados. Viven y nadie todavía les ha pedido responsabilidades. Al contrario, Santiago Carrillo ha sido homenajeado al cumplir noventa años al servicio del comunismo más atroz. El comunismo que sólo ha generado hambre, miseria y crimen. El hambre, la miseria y el crimen que han sido, en Santiago Carrillo, los méritos suficientes para ser investido Doctor Honoris Causa. Estos son los paradigmas de este sistema corrupto, degenerado y desintegrador. Nosotros, en cambio, nos congregamos para recordar y homenajear a los que, renunciando a la comodidad, entregaron sus vidas, y muchos la sangre, por la Fe, por la Patria y por el pueblo español. Como el Coronel Moscardó, que comandó en el Alcázar de Toledo una de las resistencias más heroicas de todo el siglo XX. No rindió la fortaleza, no la rindió ni siquiera a cambio de salvar la vida de su hijo, que murió para dar vida a España cumpliendo así su último servicio a la Patria. Como el padre Huidobro, legionario y santo. Santo como el primer jesuita y valiente como el primer legionario, que una vez estallada la Cruzada decide regresar a España para cumplir su ministerio sacerdotal en las trincheras, al lado de los soldados. Y como legionario, cumplió a la perfección el Credo de Millán Astray, haciendo suyo El Espíritu de la Muerte: “El morir en el combate es el mayor honor. No se muere más que una vez. La muerte llega sin dolor y el morir no es tan horrible como parece. Lo más horrible es vivir siendo un cobarde”. El caso del caballero español y del combatiente cristiano. El requeté, Antonio Molle Lazo, que cogiendo el fusil se atrinchera, ante las fieras marxistas, para salvar la vida de unas monjas asediadas en Peñaflor. Después de una heroica defensa, Antonio Molle cae preso. No quisieron matarle de inmediato. Los marxistas prefirieron atormentarlo, torturarlo, a fin de que apostara de su Fe y renegase de España. Quisieron obligarle a decir: “muera España” y “viva el comunismo”. Las burlas y las blasfemias se repetían. Pero Antonio Molle respondía “Viva Cristo Rey”, “Viva España”. Ante su firmeza, los verdugos marxistas le cortaron una oreja y le vaciaron un ojo. Antonio Molle Lazo respondía dando vivas a España. Siguieron mutilando su cuerpo desangrado, destrozándolo, pero el joven mártir mantenía con firmeza su Ideal. Cuando parecía que ya estaba muerto, sacó fuerzas de su interior para decir: “me mataréis, pero Cristo triunfará”.

Y es así, porque, como ha rezado el sacerdote en el responso, “mientras cada golpe del enemigo sea horrendo y cobarde cada acción nuestra sea la afirmación de un valor y de una moral superiores”. Porque el Señor no nos eligió “para que fuéramos delincuentes contra los delincuentes sino soldados ejemplares, custodios de valores augustos, números ordenados de una guardia puesta a servir con amor y con valentía la suprema defensa de una patria”.

Ese amor y ese espíritu de servicio es el que movió a Francisco Franco a promover la construcción del Valle de los Caídos. El monumento y la obra más importante, desde cualquier punto de vista, del Siglo XX. El emplazamiento, sitio privilegiado, donde reina el silencio y la tranquilidad, el descanso y la oración, la armonía permanente. Desde la perspectiva arquitectónica, técnica y artística, ha recibido los más grandes elogios y se trata, sin duda, de la octava maravilla del mundo. La enorme Cruz, suspendida sobre el rocoso monte, que parece unir el Cielo y la Tierra. Los cuatro evangelistas y la preciosa escultura de La Piedad. La gran Basílica excavada en la montaña y en cuyo interior se agrupan las más hermosas representaciones de la piedad típica española. Nadie se queda indiferente al contemplarlo. La majestuosidad del Valle se acrecienta cuando examinamos su dimensión social. Y es que la construcción del Valle de los Caídos sirvió para demostrar al mundo la paternidad de Francisco Franco sobre todos los españoles. Fue Franco quien estableció el sistema de remisión de penas para aquellos presos que, voluntariamente, quisieron participar en la obra del Valle de los Caídos. Muchos presos llegaron a conmutar por cada día trabajado seis o siete días de condena. Los sueldos se mantenían y en muchos casos era preferible el trabajo de un preso en el Valle de los Caídos que cualquier otro en la empresa privada. A la hora de contratar empresas y profesionales, jamás se examinó ni la tendencia política ni la simpatía por el régimen. El ejemplo más claro es Juan de Ávalos, republicano que fue del PSOE, a quien le encargaron las esculturas más importantes del Valle. Pero, sobre todo, la gran obra religiosa y espiritual del Valle. Porque no se construyó un monolito, ni una obra moderna en recuerdo de los caídos ni siquiera un monumento a la victoria. Se construyó una Iglesia, con la mayor Cruz del mundo, para enterrar a sus pies a los caídos de uno y otro bando. Para acogerlos a todos bajo los brazos de la Cruz. Para elevar al Cielo la plegaria de todo un pueblo que, hermanado, había decidido reconstruir su Patria. El Valle de los Caídos impresionó tanto al mundo que el Papa Juan XXIII, en 1960,concede el título de Basílica menor a la iglesia de Cuelgamuros mediante una Carta Apostólica llena de elogios. Eso es el Valle de los Caídos y por eso este sistema no puede tolerar que siga abierto.

Que no os engañen, esto no es sólo una persecución a un Templo. Ni es un ataque, como se dice, a la libertad religiosa. Es la persecución a una Basílica levantada por un Movimiento Nacional que profesó públicamente la Fe Católica. A un Movimiento que puso en práctica la Doctrina de la Iglesia. Es la persecución a la España católica que el 18 de Julio se levantó en armas, por Dios y por la Patria, para salvar nuestra civilización cristiana. Fue el mismo Franco el que nos dejó dicho, precisamente el día de la inauguración del Valle de los Caídos, un primero de Abril de 1959: “Nuestros héroes no sacrificaron sus preciosas vidas para que nosotros podamos descansar. Nos exigen montar la guardia fiel de aquello por lo que murieron; que mantengamos vivas de generación en generación las lecciones de la Historia para hacer fecunda la sangre que ellos generosamente derramaron, y que, como decía José Antonio, fuese la suya la última sangre derramada en contiendas entre españoles”.

Se acerca la hora de plantar cara, nuevamente, a los enemigos de España. Hagamos nuestros los versos del Comandante Ynestrillas, hablando sobre el Valle de los Caídos Estatuas colosales, impasibles, vigilan el Valle con su espada y cantan en silencios inaudibles, que bajan del monte a la cañada; recortada en el Cielo, a contra luz, se extienden como brazos protectores, los pétreos brazos de una Cruz, que demanda, de nuevo, redentores. La sonrisa de Dios, sobre las losas, acaricia las tumbas de los héroes, transformando, con su efluvio, en rosas las marchitas coronas de laurel. ¡Suene el clarín de nuevo! ¡Redoblen sin descanso los tambores!

Que en los hombres de España aún queda fuego, y aún existen en la Patria redentores. No descansemos, camaradas y amigos. Deseemos, como lo hacía José Antonio, “un paraíso difícil, vertical e implacable. Un paraíso donde no se descanse nunca y que tenga, junto a las jambas de las puertas, ángeles con espadas”. Es por España. Es para España. Vayamos al frente, libres ya de divisiones y alcemos nuestra voz y nuestras armas para rescatar a la Fe y la Patria,
¡Viva Cristo Rey!
¡Arriba España!

Miguel Menéndez Piñar.-

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