Con las maletas preparadas.

Cuando se hablaba del inminente regreso de Cristo para juzgar a vivos y muertos, la iglesia de Tesalónica se ponía algo nerviosa. Tanto es así que ante la premura de la Parusía dejaron de trabajar: total, para qué afanarse en cosas de este mundo, que son caducas en sí, si pronto vendrá el Señor a darnos las que verdaderamente importan. San Pablo tiene que intervenir y advertir que eso no será inminente, por tanto, no dejemos de trabajar por nuestra propia salvación y por la salvación del mundo: en definitiva, “(…) el que no trabaje, que tampoco coma, porque nos hemos enterado que muchos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada (…)” (2 Tes. 3, 10)

Y es que, aunque es bien cierto que todo lo de este mundo pasa y es caduco, es finito y por tanto se termina, no podemos olvidar que es donde Dios quiere salvarnos, en nuestra misma realidad. Como diría San Ignacio en el archiconocido Principio y Fundamento de sus Ejercicios Espirituales: “(…) las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. De donde se sigue, que el hombre tanto ha de usar dellas, quanto le ayudan para su fin, y tanto debe quitarse dellas, quanto para ello le impiden. (…)” (EE. EE. 23). Las cosas materiales pueden sernos de mucha ayuda para almacenar cosas espirituales que nos valgan para siempre.
En este domingo previo a la gran solemnidad de Cristo Rey, última fiesta del Año litúrgico y durante todo este mes de noviembre, la Palabra de Dios nos ha llevado de la mano para acercarnos a las verdades últimas. Nos enseñó el cielo, en la solemnidad de todos los santos, nos dijo que existía un estado de purificación previo a la misma meta, de ahí que rezáramos por nuestros hermanos difuntos y hoy, nos habla sobre la muerte y el juicio. Ese último viaje y ese último encuentro, que por ser último y no saber cuándo lo tendremos que emprender o comparecer, parece ser que no existe y que nunca llegará. Pero llegar llega, a veces, como ladrón en la noche.
El cristiano sabe que la muerte no es el fin, sino el principio de la vida en plenitud con Dios: Cristo vino a vencer no solo su muerte sino también la nuestra con su resurrección. Pero también ha de recordar que existe un juicio particular y un juicio general para todos los hombres. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica:
“(…) 1021. La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o rechazo de la gracia divina manifestada en Cristo (cf. 2 Tm 1, 9-10). El Nuevo Testamento habla del juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la retribución inmediata después de la muerte de cada uno con consecuencia de sus obras y de su fe. (cf. Lc 16, 22. 23, 43),
1022 Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que refiere su vida a Cristo, bien a través de una purificación (cf. Cc de Lyon: DS 857-858; Cc de Florencia: DS 1304-1306; Cc de Trento: DS 1820), bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del cielo (cf. Benedicto XII: DS 1000-1001; Juan XXII: DS 990), bien para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Benedicto XII: DS 1002). (…)”
Si para emprender un viaje hacemos mil cálculos, ¿Por qué no hacemos los mismos en el viaje definitivo? Si somos capaces de preparar maletas, utensilios, ropas para todas ocasiones previstas o imprevistas, ¿por qué nos tomamos tan frívolamente “la otra maleta”, la que vale de veras? Seamos inteligentes y preparemos nuestra muerte en vida. Sin sustos ni agobios, sin tremendismos ni dramatismos. Si la muerte es un encuentro personal con Dios, ¿de qué tenemos miedo? ¿O es que acaso no creemos todavía que Él es la resurrección y la vida y quien crea en Él aunque haya muerto vivirá (Jn. 11, 25)? ¿Tanto tememos dejar este mundo que estamos dispuestos a perdernos el que nos promete felicidad, todo por el dichoso miedo?
No digo que sea mañana, pero caigamos en la cuenta de que nuestras vidas y nuestros “destinos” (si es que esos señores existen) están en manos de Dios y no en las nuestras. Que nuestra historia la escribe Dios a veces con los renglones torcidos de nuestros pecados, es tan verdad como que un día terminará la historia y nos volverá a llamar a la existencia como un día hiciera en el vientre de nuestra madre.
“La ciencia más acabada / es que el hombre en gracia acabe / pues al fin de la jornada / aquél que se salva, sabe / y el que no, no sabe nada. / En esta vida emprestada / do bien obrar es la llave / aquel que se salva sabe / el otro no sabe nada”. (Felix Lope de Vega. Cancioncilla)
Con mi bendición y mi aliento en la lucha,
P. Juan

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