Domingo Mundial de la Propagación de la fe.Id por todo el mundo…

Si hay algo verdaderamente tradicional en nuestro año litúrgico es este Domingo Mundial de las Misiones, o Domingo Mundial de la Propagación de la fe… o como todos lo conocemos, el Día del DOMUND. En el recordamos a tantos y tantos que se juegan la vida por propagar la fe en tierras de misión y hacen realidad la misión más específica de la Iglesia: la misión “ad gentes”.

El Concilio Vaticano II habla sobre esto con estas palabras: “(…) La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre (…)” (AG. 2) Por eso no puede renunciar, por ningún motivo, a la predicación del Evangelio; sea en el ambiente que sea y bajo los regímenes que sean. Así podemos entender, sobre todo en nuestro país, este número del Catecismo de la Iglesia: “(…) Pertenece a la misión de la Iglesia “emitir un juicio moral también sobre cosas que afectan al orden político cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, aplicando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y condiciones” (GS 76,5). (…)” (2246) El Evangelio no es solo doctrina religiosa, sino moral y social porque está dirigido al hombre y este no es divisible o susceptible de seccionarse.
La Iglesia ora en este día por todos aquellos que hacen realidad la primera actividad de la Iglesia. La predicación del Evangelio a toda criatura, en todo momento y en todo lugar, para que encuentren la puerta segura de la Salvación que, solo en Cristo, tiene su fuente y su auténtico sentido.
Sin embargo, nosotros hemos de aplicarnos el cuento, como decimos popularmente. La Iglesia es un cuerpo en el que todos tenemos algo que hacer y que aportar: nadie puede negarse a colaborar por el simple hecho de que forma parte del Cuerpo Místico de Cristo. ¿Y cómo? Bajo una doble perspectiva: la oración y la limosna.
La oración, y luego diremos una palabra de esto, como nos decía Santa Teresa, que no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho, ya que se trata de un diálogo de amor de corazón a corazón, en palabras del recientemente beatificado Cardenal Newman. Orar es hablar de amor con quien sabemos que nos ama, nos sigue diciendo la Santa de Ávila y por tanto, como niños pequeños y siguiendo la enseñanza del Señor en el domingo pasado, siempre y sin desanimarnos.
La limosna es siempre una realidad polivalente: nos ejercita en la caridad y por tanto nos hace personas caritativas, ¡mejores personas!, ayuda a quien la recibe bien, y nos introduce de lleno en la dinámica del Amor, cuya fuente es Dios mismo. Por eso, cuando aportamos nuestro granito de arena a sustentar las Obras Misionales Pontificias, contribuimos a hacer realidad muchas cosas: ¡porque hay tantos, que necesitan tanto!
Contaba una misionera en Congo que gracias a la ayuda de todos, en una campaña pudo traer de España una máquina purificadora de agua. Un gran bidón que se alimentaba con agua de un pozo excavado en la tierra y que contenía un mecanismo que purificaba el agua para hacerla potable. Una niña, al ver el extraño aparato y el milagro que producía, asombrada afirmó: “Hermana, yo pensaba que el agua era marrón y ahora me doy cuenta de que es transparente”. No había conocido esta niña otra agua que no fuese marrón y pensaba que esta era de ese color de por sí. Gracias a la ayuda, esta niña bebe agua potable desde su propia casa. No es superficial… es necesario.
Pero volviendo al tema de la oración y enganchando con el Evangelio de hoy, Cristo nos da una nueva característica de cómo hay que hacer oración. Daría para mucho subrayar muchas de las actitudes tanto del fariseo como del publicano y algunas palabras cuidadosamente escogidas del evangelista. Sea en otra ocasión.
Nuestra oración no solo ha de ser insistente, constante, tenaz….sino HUMILDE. No podemos ir con nuestros criterios ni con nuestras exigencias a presencia del Dios Altísimo, como no iríamos a pedir limosna haciendo valer nuestro derecho a recibirla altanera y arrogantemente. Mas al contrario: humilde, serena y confiada, pero llena de unción y humildad. Sabiendo que es a Dios al que se lo pido y partiendo de poner cada uno en su sitio. Con pocas palabras, pero diciendo mucho con nuestro corazón que se sabe indigno de recibir el don porque verdaderamente lo es.
¡Qué trabajo nos cuesta! ¡Agachar la cabeza, mirar adentro del corazón, saber que no se consigue nada con nuestra tozudez y arrogante altanería! Y ahí es donde está el secreto de todo. Como un niño en brazos de su madre, estamos en manos de Dios. Agachemos la cabeza, doblemos las rodillas y seamos humildes… porque el que se humilla será enaltecido y el que se enaltece será humillado.
Oración y cruz de Cristo. Fórmula eficacísima recomendada por San Juan de la Cruz. ¡Probemos y veremos los resultados!

Con mi bendición.
P. Juan.

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