APUNTACIONES SOBRE EL VALOR POLÍTICO Y SOCIAL DE LA FAMILIA

La Biblia dice que Dios, viendo que Adán no vivía todo lo feliz que debiera por ser dueño y señor del Paraíso, reconoció que «no era bueno» el que su mejor obra, el ser hecho «a su imagen y semejanza», viviera sólo, razón por la que decidió darle «ayuda adecuada», compañía inmediata con la creación de Eva, la fémina hecha también a semejanza e imagen de Adán y por tanto también de Él mismo.

Cuando el primer hombre se despertó del sueño en que el Señor le sumergió para extraerle sin dolor la costilla que fue la base material de la primera mujer de la Historia, y le rellenó con carne el hueco dejado por el hueso. De esa costilla, de ese hueso, formó Dios a la primera mujer, que presentó a Adán tras despertar a este de su sueño. Entonces nuestro primer abuelo exclamó: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada». Por ella deja el hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer y se hace con ella una sola carne. El relato bíblico añade a esta descripción un párrafo muy significativo: «Estaban ambos desnudos, pero no se avergonzaban uno del otro».
Esta forma poética y mística de contar lo que desde el principio de los tiempos ha estado claro para cualquier humano, su fundamental diferencia de los demás animales y la naturalidad con que puede y debe vivir con su pareja las íntimas relaciones sexuales que forman parte de su convivencia pero no son la única y más duradera raíz de ella, tiene otras versiones literarias o simplemente orales. Todos sabemos –por haberlo leído, haberlo oído o haberlo directamente experimentado– que ni Robinsón Crusoe ni nuestros amigos y conocidos ni nosotros mismos hemos podido vivir solos, sin ayuda de nadie, un alargado periodo de tiempo. Todos los humanos, mujeres o varones, necesitamos pronto o tarde «ayuda adecuada». Por eso nunca abandonamos del todo –las excepciones confirman la regla– a nuestras madres y nuestros padres; por eso más tarde o más pronto necesitamos una ayuda complementaria a la que nos da nuestra fundamental compañía; por eso el ser humano tiene –además de pareja– una más o menos amplia relación de recíprocos afectos y auxilios con otras personas, que de alguna manera siente ser parte de sus huesos y de su carne, bien por ser sus hermanos, hijos como él de los propios padres, o por serlo de su pareja, y por ello también carne y huesos suyos en virtud de la básica y fundamental convivencia.
Esa natural y trascendente es la que integra y constituye la familia, fundamento, impulso y organización de la vida comunitaria y social que ha hecho al hombre un ser del todo distinto y superior a los diferentes animales que con él compartieron los primeros momentos de la existencia.
La familia nace, se consolida y se extiende merced a los vínculos afectivos que origina y establece la pareja, unidad de convivencia duradera entre dos personas de complementario sexo. De tan elemental y básica convivencia se originan, establecen y perduran otros vínculos afectivos, la filiación y la consaguineidad, que unen y diferencian a los padres, hijos y hermanos de quienes integran la pareja. Según se establezcan y extiendan otros grados de relación afectiva, consanguínea y filial en torno a los emparejados, la familia reúne a un indeterminado número de «parientes».
A lo largo y a lo ancho del mundo entero y del paso del tiempo, la familia por excelencia, la normal y más respetada, es la nuclear derivada del matrimonio, es decir, de la pareja formada por la unión de dos personas heterosexuales que, además de vivir juntos «para siempre», lo hacen con la intención de tener, criar y educar un número indeterminado de hijos.
Aunque de sobra sabemos, por el conocimiento de la historia y de la cotidiana realidad contemporánea, que en determinadas épocas, culturas y sociedades se ha aceptado y establecido la poligamia, por lo común forma de familia formada por el matrimonio de un hombre con dos o más mujeres, prácticamente nunca por el de una mujer con dos o más hombres, lo esencial en ellas –además de las relaciones afectivas entre el marido y las esposas– es también la tenencia, el cuidado y la educación de hijos. Por eso nunca, a lo largo del tiempo y en las diferentes culturas y sociedades, se ha visto como natural, legítimo, válido y productivo el pretendido matrimonio monosexual, es decir, la pareja monosexual formada por dos hombres o dos mujeres. Esta unión ha sido aceptada, en pocos momentos de la historia humana, como un hecho más o menos comprensible y tolerable, pero prácticamente nunca como un derecho o una institución social y respetable.
Ello no quiere decir que el matrimonio y la familia hayan sido vividos siempre de la misma forma, porque ambas realidades sociales crean múltiples factores sociales, culturales, económicos y afectivos, y dependen luego de ellos. Un ejemplo claro de cuanto digo es que de por sí tanto el matrimonio como la familia son legítimos y válidos desde el primer momento en que una mujer y un hombre deciden por su propia voluntad vivir en lo sucesivo juntos y por un indefinido –pero largo– periodo de tiempo. Las conveniencias sociales exigieron, después de muchos e inconcretos años, que los descendientes de Adán y Eva presentaran sus respectivas parejas, deseos y voluntades, a los cabezas de cada una de sus familias propias, y mucho más adelante a las autoridades religiosas y cívicas de sus tribus y sucesivas formas sociales de convivencia, para que los tuvieran en cuenta –los «registraran»– y los ampararan de forma adecuada. De ahí nacieron las bodas o matrimonios religiosos y sociales, que son una manera de hacer público y notorio lo que es de por sí natural y legítimo desde el primer momento, esto es, desde que una mujer y un hombre deciden vivir juntos para vivir mejor su convivencia.

ANTONIO CASTRO VILLACAÑAS

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