APUNTACIONES SOBRE POLÍTICA AUTÉNTICA Y VERDADEROS POLÍTICOS

¿Hasta cuándo tendremos que soportar y sufrir este sistema político, en el que siempre vemos que determinados grupos gobernantes, otros grupos de presión y demasiado número de ciudadanos creen que pueden hacer en cada instante lo que les da la gana?

Hace ya más de treinta años, desde que se instauró la monarquía democrática parlamentaria inspirada por los consejeros áulicos del rey, que una considerable parte de españoles se consideró en verdad satisfecha porque entre unos y otros habían conseguido llevarnos a todos hacia un sistema de convivencia «vanguardista» merced a los métodos políticos postulados por algunos como el «non plus ultra» de la convivencia política y social. La triste realidad es que pronto, y de modo cada vez más creciente, se fue agotando tal satisfacción. Cada día son más visibles las malas consecuencias del engendro negador de la esencia constitutiva de la política: el que los pueblos y las personas que deben caminar por la historia, día a día, en orden y en paz si quieren disfrutar de prosperidad y de futuro, no pueden ser dejados a la deriva. La ceguera de quienes califican la guía de grupos e individuos como un atentado contra su libertad, extendida está por gran parte del mundo y sobre todo en España, que se empecina en mantenerla pese a que cada vez son más y más los que están restregándose y abriendo los ojos. Nada tiene de extraño que por ello se califique insistentemente la situación política actual de «emergencia social», y por tanto de horizonte vital temporal. De ahí que en proporción a esa temporalidad y a esa emergencia parezca necesario buscar las auténticas y profundas raíces de esta situación. Sin ellas será difícil, por no decir imposible, encontrar las respuestas capaces de enfrentar y superar este desafío.
Una de esas raíces, quizás la de mayor entidad, es el falso concepto de la libertad del hombre. Quienes conforman, orientan y dirigen la vida política y social de los individuos y las colectividades postulan e imponen que éstas y aquéllos deben vivir y desarrollarse con arreglo a sus propios criterios, impulsos o razones, sin aceptar y menos aún soportar ninguna otra clase de ejemplos, doctrinas y sobre todo órdenes o limitaciones de cualquier otro individuo o colectivo. Los ajenos, los otros, por mucha que sea su proximidad, autoridad o prestigio, sólo pueden asistir al autodesarrollo citado, contemplarlo, pero de ninguna manera tomar parte en él, y mucho menos encauzarlo o dirigirlo. Ello equivale a no tener en cuenta, y menos aún el valorar de modo positivo, la experiencia de la historia y la biografía de personas y unidades de convivencia, pues unas y otras demuestran cómo a lo largo de los siglos ha sido y sigue siendo esencial, para llegar a ser «algo», el hecho de convivir con otros individuos y colectividades. Sólo a partir del otro y de los otros puede la persona individual o social lograr ser «él propio y distinto». A partir del «tú» y del «vosotros», mediante el respeto a su existencia y espacio y ámbito, utilizando el diálogo, se alcanza el «nosotros» y con ello se abre el «yo» a la mejora y la posible perfección de su trayectoria vital. Por eso la pretendida política democrática, entendida como desarrollo de una libertad desordenada y antiautoritaria, ni es en verdad democrática ni realmente política, sino más bien una renuncia y una agresión a la vida social fecunda.
Para valorar la actividad política de cualquier persona es preciso partir de cuál es su naturaleza y conocer su nivel de formación. Cada hombre no es por naturaleza ni el dueño y señor del mundo creado ni menos aún el soberano absoluto de las diferentes unidades de convivencia en que ha de desarrollar su vida. El considerarle titular de la soberanía familiar, vecinal, tribal, etc., etc., hasta incluir la del Estado plantea un problema de primer orden, que si no se resuelve bien y a tiempo produce unos efectos que pueden ser letales. Si se afianza la visión absolutista de esa naturaleza; si no se considera que cada persona es sujeto portador de derechos y de obligaciones; si se relativiza la personalidad de cada individuo dándole más importancia y valor a sus conveniencias; si, en definitiva, no se le considera y exige ser responsable, todo ello produce serios problemas en la vida social y política. Cediendo al relativismo individualista se empobrece cada vez más la actividad individual y social de las personas y los entes colectivos. Ello se ve con claridad en las poblaciones más necesitadas, aquéllas que en las que no sólo faltan recursos económicos o técnicos para su desarrollo, sino también modos y medios políticos que ayuden a todos sus ciudadanos en la búsqueda y el logro de su plena realización humana.

ANTONIO CASTRO VILLACAÑAS

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