1º DE OCTUBRE. CARTA AL CAUDILLO

Mi General:
Muy pronto se van a cumplir los XXXV años de su partida hacia la verdadera Patria. El Creador lo llamó a su lado el 20 de noviembre de 1975, treinta y nueva años después de que los generales alzados contra el crimen organizado en democracia republicana y partitocrática, lo eligieran Generalísimo de los Ejércitos nacionales para conducirlos a la Victoria.

Veintisiete meses después, el triunfo era una realidad y España se veía libre de todo tipo de mafias. En primer lugar de la Súper mafia mundialista, madre de todas las mafias (“¡el Poder Supremo sin rostro!”) y, al mismo tiempo, de sus hijas:
la mafia masónica
la mafia marxista
la mafia liberal capitalista
la mafia separatista.
No pretendo amargarle el Paraíso pues, aparte de conocer por la Fe que en el Cielo no hay sufrimiento posible, tiene usted la ventaja de conocer el desenlace final: la Victoria última, total y absoluta de Cristo sobre todos sus enemigos (que son los enemigos de España).
Mi carta es un desahogo, un estímulo y un modo de ahorrarme la tentación del desaliento y de trasmitir a mis lectores la esperanza cierta en el triunfo final, mientras contemplamos inermes la desintegración, aparentemente imparable, de España y de los valores que la hicieron grande. Sin la cual, sería descorazonador revisar los últimos veinticinco años de la vida nacional.
La Historia auténtica (la verdadera y real, no la “virtual” que nos venden hoy) recordará siempre el espectáculo impresionante de un pueblo leal a su Caudillo, ofreciendo al Mundo un testimonio nunca visto anteriormente, de adhesión y gratitud. La práctica totalidad del pueblo español (exceptuadas unas minorías muy concretas de “reprimidos” que no contaban, ni significaban nada) lloró su partida. Desgraciadamente, al dejarnos usted, se les abrieron las puertas a los vencidos y, desde ese momento, todo empezó a “cambiar” en la nación que usted dejó renacida y rehecha tras siglos de gobiernos nefastos y de borbonismo.
Cuando en el espejo de la Divinidad pudo ver usted, con claridad meridiana, sus propios errores (que como humano los tuvo) habrá comprendido lo caro que nos está saliendo el peor de sus fallos (en el que incurrió sin pretenderlo, animado de los mejores deseos por el bien de España): la trágica equivocación de haber creído que un Borbón podía cambiar de naturaleza y ser leal a la Monarquía Tradicional, esa que – por su exclusiva iniciativa – se reinstauraba como coronación de la Victoria del pueblo alzado en armas contra “la República del crimen” (denominación plagiada, título de un libro).
Cerró usted su ciclo vital sobre este valle de lágrimas, con un testamento admirable que no me canso de releer. En él queda retratada su personalidad y en él se halla la clave del porqué pudo usted convertir aquella piltrafa de nación que era España en 1936, en la Patria próspera que nos dejó en 1975. Sin doblar la rodilla ante nadie, supo hacerse respetar por todas las naciones, incluidas las que tiene como meta borrarnos de la faz de la tierra (Inglaterra, por ejemplo).
Usted, ¡Caudillo!, creía en Dios y no lo ocultaba, ni se avergonzaba de demostrarlo impulsando una legislación cristiana y, así, pudo decirnos –¡sin mentir!–:
“Quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir”

Y, Cristo, fiel a su promesa de “confesar delante de su Padre” a quien no se avergonzase de “confesarle delante de los hombres” le habrá recompensado con creces su proceder.
Desde la adolescencia dedicó todas sus energías, tiempo y ambición a servir a la Patria que los politicastros habían hundido en el desprestigio y llevado al desastre del 98. En el silencio, en la oración –en la adoración nocturna, huyendo de la vida libertina—en el estudio, en la responsabilidad, en la información, en la organización del trabajo de sus soldados en África… y en el valor probado en los frentes de batalla (que le llevaron al generalato con 34 años y a ser en plena juventud el militar de más prestigio) se fue preparando para coronar con éxito “la gran empresa de hacer una España unida, grande y libre”.
Confiando Usted, ¡mi General!, en que sus colaboradores eran de su mismo paño, decía adiós a la vida satisfecho y esperanzado de que la Patria no volvería a retroceder, ni a caer en las garras de quienes la odian a muerte. Jamás hubiera sospechado usted que había criado buitres carroñeros, negros cuervos, que esperaban verle cerrar los ojos para revenderla.
No es que usted no conociera el percal: ¡los había vencido, precisamente, porque los conocía bien! (y se había mantenido en el poder cumpliendo su promesa de completar la derrota total de las ratas que durante siglos habían roído las entrañas de la Patria)… y nos advertía del posible peligro que usted creía lejano:
“¡No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta!”
Pues bien, ¡mi General!, aquellos que usted había elegido para perfeccionar su Obra y continuar por el camino emprendido hacia la verdadera prosperidad, conspiraban, traicionaban y vendían su alma a Satanás mientras usted quemaba sus últimas energías en servicio de España.
Luego la cobardía vergonzante se convirtió en cinismo y alardearon de su traición como su mayor mérito a la hora de mendigar legitimidad democrática.
La Súper mafia (que yo llamo, desde hace años, “el Poder Supremo sin rostro”) tras ponerles el pie en el cuello y obligarles a morder el polvo, les ordenó abrir todas las puertas, demoler todas las defensas, desmontar toda la industria básica y convertir a España en un zoco de “siervos baratos” (“nación de servicios” lo llaman ellos) y en refugio de los maleantes todos del orbe (traficantes de droga, de armas, terroristas y demás cofrades del hampa) resumiendo: ¡en la “cloaca de Occidente”!. Y, sobre todo exigió impunidad para los asesinos de ETA y garantía de que los nacionalismos tendrían libertad absoluta para destruir la nación que más odia. Las mil víctimas (¡que seguirán aumentando!) la chulería de Arzallus y Pujol y la de todos los “ayatolás” que van surgiendo en el resto de las regiones, son la “burla sangrante” de cada día.
Como premio a su vileza, sumisión, abyección y bajeza concedió a esos políticos (antes “pacifistas y antimilitaristas”) el triste privilegio de enviar a los jóvenes españoles a morir en defensa de los intereses del capital angloamericano (¡para más INRI especialmente judío!); no por la Patria el honor o en beneficio de España.
Han fulminado al Ejército vencedor (que usted mandó como Generalísimo) y gracias al cual, hoy, es “rey” de España un Borbón y, en su lugar, se han sacado de la manga un ejército profesional cuya misión será colaborar en la eliminación de las naciones y el advenimiento del Gobierno Mundial, al servicio del Poder Supremo sin rostro; pero que puede estar seguro, ¡mi General!, de que ¡jamás servirá para defender a España ni su unidad indisoluble!
Mientras tanto “él” se ríe a mandíbula batiente de la inepcia de nuestros gobernantes (que se creen el ombligo de la política mundial) haciendo de marionetas suyas en las diversas organizaciones a su servicio.
Sus “herederos políticos” lucieron, ¡eso sí!, las credenciales que les permitía presentarse como “continuadores de la obra de Franco” para beneficiarse del crédito que esto suponía en esos momentos y sin el cual nunca el pueblo español hubiera digerido su juego sucio; pero, de inmediato, olvidaron sus juramentos y se empeñaron a fondo en el vil oficio de traidores perjuros. Ahora, en el colmo de cinismo, van a conmemorar por todo lo alto los “XXXV Años de la Traición y el Perjurio” (con otro título, por supuesto).
De sus consejos, se mofaron. Lejos de mantener la unidad y la paz que usted nos trajo y cuando ya nos habíamos olvidado por completo de la que ellos llaman la “Guerra incivil”, se pusieron de inmediato a desenterrar muertos y a hurgar en las heridas cicatrizadas. Y los hijos de los vencedores creyeron que, para medrar, el camino más rápido era hacer el juego a los derrotados, convertidos en vencedores a la sombra de la Súper mafia, ésa que no pudo levantar cabeza en vida de usted. Y, olvidando que “los enemigos de España y la civilización están alerta” y de tomar las medidas oportunas, se pasaron con armas y bagajes al campo contrario.
E, igualmente, lejos de “poner a un lado toda mira personal frente a los intereses de la Patria” convirtieron a España en una “olla podrida” donde se han cocinado todas las corrupciones. Ninguno de cuantos han accedido al poder han pensado para nada en España, ocupados únicamente en medrar y acaparar poltronas para ellos y sus partidarios, mercando con todo lo vendible, despilfarrando el patrimonio nacional (material, espiritual, económico, industrial,…) en esa lonja de contratación y expolio “legalizado” en que se transformó España al irse usted, (con la aquiescencia de todas las Instituciones) en provecho propio o en regalos y prebendas para sus amigos o sus “amos”.
Por otra parte, ¡hablar de justicia social y cultura… es llorar! Hasta los teóricamente enemigos del Régimen anterior (según la versión progresista) es decir, los obreros, se cansan de proclamar que “con Franco estaban mejor protegidos”. Porque el obrero es hoy “un simple objeto, menos que una máquina”, pues al eliminar de las leyes el sentido cristiano, lo único que cuenta es el dinero y la rentabilidad. El obrero español solo tiene precio como máquina. El hombre que hay en él ya no cuenta. Y, en cuanto a cultura, aparte de haber reducido a mínimos los niveles de la educación básica, media y universitaria –¡niveles de risa!—hemos cambiado de órbita. De la cultura nacida y apoyada en las facultades superiores del alma y, en especial, la inteligencia, hemos pasado a la que se fundamenta en los genitales. El español ha tirado por la borda su cultura milenaria, impregnada de herencias grecorromanas y de esencias cristianas para suplirla con el erotismo, las aberraciones marginales, la literatura de cloaca y albañal, el cine de lo mismo y los “tertulianos” (¡pozos de saber monocolor, adoradores de la democracia y pontífices de la memez!)
Pero donde han batido el récord del menosprecio a sus consejos y de la traición a lo jurado es en lo referente a “mantener la unidad de las tierras de España”. Desde el primer momento se aplicaron a seguir fielmente las consignas de las logias para poner en la Constitución la bomba de relojería que permitiere dinamitar esa unidad en el momento oportuno, utilizando para ello “la rica multiplicidad de sus regiones”. En vez de perfeccionar los diversos órganos del cuerpo de España, (atendiendo su sabio consejo dándole mayor vitalidad al que rescató de la agonía, se han dedicado a degollarlo y trocearlo para dejarlo desangrar y que su nombre desaparezca de la faz de la tierra. Acatando (todos los partidos sin excepción) la orden recibida de sus amos “exteriores” a través de las terminales del Poder Supremo sin rostro. (¡la misma para todos!), y perfectamente expresada por cierto personajillo… y conocida de todos: que cuanto antes, España “no sea reconocida ¡ni por la madre que la parió!”
Y, ciertamente lo han logrado. La España de hoy no tiene nada en común con la que usted nos legó. “Ya, ¡no es una, ni es grande, ni es libre!”
“¡Quisiera en mi último momento, unir los nombres de Dios y de España…!
¡Mi General!, esta es una frase sin sentido para el español de hoy. Prohibido, además, por la letra y el espíritu de la Constitución y, (¡mucho peor aun!) desaprobado por la Iglesia postconciliar como ¡gravemente incordiante para la libertad religiosa y el ecumenismo!, pero que nos llena el alma de fuerza e ilusión y, por lo tanto, la España auténtica se lo agradecerá siempre.
Usted se fue al Cielo a tiempo, en el momento justo. Hoy, a nadie le interesa “unir los nombres de Dios y de España”, salvo a una minoría sabedora que “¡de Dios no se burla nadie!”, importando poco si es rey, presidente del Tribunal Supremo, de cualquier otro Alto Tribunal; jefe de Gobierno, presidente de Endesa o del Banco Santander. Y en la certeza de que, aunque la nueva Reconquista dure ocho siglos, la “toma de Granada” es segura y Boabdil “¡volverá a llorar!…” mientras entrega las llaves a Isabel de Castilla, Reina de España.
Este español de a pie se despide de usted y le saluda, brazo en alto, con un
¡ARRIBA ESPAÑA!
Gil de la Pisa Antolín.

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