Domingo III de Pascua.¿Me amas?

Largo es, en su totalidad, el relato evangélico de hoy, sugerentes las lecturas y sobre todo, feliz el anuncio que se nos repite, domingo a domingo, durante la Pascua: ¡Resurrexit Dominus vere! ¡Aleluya! Asistimos al nacimiento de nuestra fe fundamentada precisamente en el testimonio de los Apóstoles que han visto a Cristo glorioso y vivo y que les ha hecho portadores y testigos de una buena noticia: el pecado y la muerte no tienen la última palabra en la vida del hombre, porque Él ha pagado por nosotros al Eterno Padre la deuda de Adán y ha cancelado para nosotros el recibo del antiguo pecado (Misal Romano. Pregón pascual).

                Largo también seria explicar y quizá complicado de entender las pruebas evidentes de la resurrección de Cristo que pasan por el sepulcro vacío y la manifestación de las heridas de la pasión en el cuerpo del Señor; algo que quizá hagamos en otra ocasión.

                Sin embargo quisiera detenerme en dos aspectos puntuales que sostienen dos afirmaciones: “la Iglesia es incómoda” y “el pecado vencido por el amor”.

                La escena que nos cuenta la primera lectura se contextualiza días después de Pentecostés: Pedro y los discípulos son requeridos por el consejo de los ancianos de Israel para recordarles “(…) ¿No os habíamos prohibido formalmente predicar en nombre de ese? Y sin embargo estáis llenando Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre (…)” (Hch. 5, 28) ¿Cuántas veces tendrá que seguir oyendo esa misma frase nuestra Madre la Iglesia a lo largo de su historia de una forma u otra? Y lo más trágico es que cuando no la ha oído, es porque se ha separado, por torpeza de sus miembros, de la auténtica esencia y vivencia del mensaje de Cristo. Y la respuesta sigue siendo la misma: “(…) Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (…)” (Hch. 5, 29) Con firmeza, pero con mansedumbre, los Apóstoles dan testimonio de Cristo y Pedro toma la palabra para confirmar a sus hermanos en la fe: sufren los azotes y las amenazas pero no hay nadie que pueda callarlos pues si estos callasen, hablarían las piedras. (Lc. 19,40)

                Ese es el destino de la Iglesia. Ser la sal que escuece en la herida pero que cura y cauteriza: la luz que ciega los ojos del que ha vivido demasiado tiempo en la noche del pecado pero que indica el camino para la salvación. Esa luz y esa sal siempre provienen de un mismo sitio: el corazón ardiente del Salvador que tanto ha amado a los hombres.

                Hoy también son muchos los que quieren hundir la pequeña Barca del pescador atentando incluso contra el propio Pedro, por eso es sañuda persecución de acoso y derribo contra todo lo que sea católico. Cierto y, de sabios será reconocerlo, que el principal temor que ha de tener la Iglesia, el principal enemigo que puede hacer zozobrar la Barca de Pedro no es otro sino el pecado; no como dijeron algunos, estructural, como ente extrínseco al hombre, si no, en su origen, el personal de cada uno que la componemos.

                Tristes y dramáticos son los últimos datos sobre abusos a menores por parte de sacerdotes y religiosos en Irlanda, Estados Unidos, etc.: tanto que hacen al Papa dirigirse con estas palabras a la víctimas: “(…) Habéis sufrido inmensamente y eso me apesadumbra en verdad. Sé que nada puede borrar el mal que habéis soportado. Vuestra confianza ha sido traicionada y vuestra dignidad ha sido violada. (…)Es comprensible que os resulte difícil perdonar o reconciliaros con la Iglesia. En su nombre, expreso abiertamente la vergüenza y el remordimiento que sentimos todos. Al mismo tiempo, os pido que no perdáis la esperanza. En la comunión con la Iglesia es donde nos encontramos con la persona de Jesucristo, que fue él mismo víctima de la injusticia y del pecado. (…)” (Benedicto XVI. Carta a los católicos de Irlanda. Nº 6)

                Y a los inicuos ministros les exhorta: “(…) Habéis traicionado la confianza depositada en vosotros por jóvenes inocentes y por sus padres. Debéis responder de ello ante Dios todopoderoso y ante los tribunales debidamente constituidos. Habéis perdido la estima de la gente de Irlanda y arrojado vergüenza y deshonor sobre vuestros hermanos sacerdotes o religiosos. Los que sois sacerdotes habéis violado la santidad del sacramento del Orden, en el que Cristo mismo se hace presente en nosotros y en nuestras acciones. Además del inmenso daño causado a las víctimas, se ha hecho un daño enorme a la Iglesia y a la percepción pública del sacerdocio y de la vida religiosa. Os exhorto a examinar vuestra conciencia, a asumir la responsabilidad de los pecados que habéis cometido y a expresar con humildad vuestro pesar. El arrepentimiento sincero abre la puerta al perdón de Dios y a la gracia de la verdadera enmienda. Debéis tratar de expiar personalmente vuestras acciones ofreciendo oraciones y penitencias por aquellos a quienes habéis ofendido. El sacrificio redentor de Cristo tiene el poder de perdonar incluso el más grave de los pecados y de sacar el bien incluso del más terrible de los males. Al mismo tiempo, la justicia de Dios nos pide dar cuenta de nuestras acciones sin ocultar nada. Admitid abiertamente vuestra culpa, someteos a las exigencias de la justicia, pero no desesperéis de la misericordia de Dios. (…)” (Benedicto XVI. Carta a los Católicos de Irlanda. 7)

                Benedicto XVI ha sido valiente, taxativo y duro con el pecado, inflexible con el pecador de tan infausto crimen, pero siempre abierto a la misericordia; quizá porque recuerde, que el primero de todos, también experimentó en primera persona, lo que significa negar a Cristo y, tras su resurrección, ser preguntado por tres veces: “(…) Simón, hijo de Juan, ¿Me amas? Si, Señor, tu sabes que te quiero. Apacienta mis ovejas. (…)”

                La Iglesia es pecadora. Pero, mal que les pese a algunos, es también santa porque ofrece al mundo una nueva esperanza, porque sigue siendo fiel al Evangelio de Cristo, porque cree en el hombre redimido por la sangre de Cristo, porque da valor y credibilidad a un mundo relativo en el testimonio de sus mártires, porque sigue siendo capaz de enseñar al mundo en sus doctores, porque enseña castidad, pureza y virginidad en sus vírgenes, porque sigue predicando el Reino de Dios en sus misioneros y sigue siendo fermento en la masa en sus laicos, que siguen dando razón de su esperanza a quien se la pidiere. No prevalecerán las fuerzas del mal, aunque estén perfectamente orquestadas por estructuras de poder humano, la masonería entre otras, porque Cristo viene con nosotros y… si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros?

                Recemos por el Santo Padre, oremos por la Iglesia, vivamos en la Iglesia el inefable milagro de nuestra redención. Cristo ha resucitado y nosotros con él. Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre.

Con mi bendición.

P. Juan.

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