Homilía. Vigilia Pascual. 2010

También era de noche: como la que posibilitó que los israelitas salieran de la esclavitud, como la que fue testigo del nacimiento de Cristo, como la de aquel Jueves Santo, el día del amor más puro. La noche, testigo de los acontecimientos más importantes del mundo, nos trae la gran noticia, de que el Amor es más fuerte que la misma muerte, porque desde esta noche, la muerte ha perdido su aguijón…

“(…) ¡Que noche tan dichosa! Solo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos. Esta es la noche de la que está escrito: “Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo” Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia y doblega a los poderosos. ¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra lo humano y lo divino (…)

También era de noche: como la que posibilitó que los israelitas salieran de la esclavitud, como la que fue testigo del nacimiento de Cristo, como la de aquel Jueves Santo, el día del amor más puro. La noche, testigo de los acontecimientos más importantes del mundo, nos trae la gran noticia, de que el Amor es más fuerte que la misma muerte, porque desde esta noche, la muerte ha perdido su aguijón.

¡¡Sal a las calles, Santa Madre Iglesia, a pregonar la notica!! Esposa fiel de Jesucristo que viste como tu Esposo pendía ayer en una cruz por lavarte de los pecados y hoy resucita victorioso para que, con el baño del bautismo, te veas libre de todas tus culpas y seas colocada ante Él, sin mancha ni arruga ni nada semejante.

¡¡Exulten por fin los coros de los ángeles! ¡Exulten las jerarquías del cielo por la Victoria de Rey tan Poderoso! Y por esa victoria sanadora, ¡exulten también los hijos engendrados de la Iglesia que ven cómo en esta noche santa, la Luz vence las tinieblas y el Mal es derrotado para siempre porque ya nunca tendrá poder sobre la vida. Vida que hoy inauguramos desde el comienzo, desde el origen, desde la raíz.  De ahí, los cirios encendidos en el Cirio Pascual, de ahí la lectura del Génesis en la que Dios lo crea todo… de ahí la renovación de las promesas del bautismo. Todo nos habla de vida en esta noche y con la vida, la llamada apremiante a la conversión,  a atesorar tesoros en el cielo donde está Cristo, a vivir como lo que somos, hijos de Dios.

“(…) Por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo, quedando vinculados a su muerte, para que a si como Cristo ha resucitado de entre los muertos, llevemos una vida nueva (…)” nos ha dicho el Apóstol de los gentiles. Vida nueva que parte del convencimiento, de la fe en una persona, en Cristo resucitado y vivo, vencedor la muerte y del pecado. Resurrección real, histórica y verdadera: cierta y real fundamentada en los textos evangélicos que por su parte nos transmiten y nos dan a conocer la primera predicación de los Apóstoles.

De estas fuentes se deduce que la fe en la resurrección es desde el comienzo una convicción basada en un hecho, en un acontecimiento real y no en un mito o una idea inventada por los Apóstoles para superar el sentimiento de desilusión como consecuencia del escándalo de la cruz. La resurrección de Cristo es por tanto el mayor acontecimiento de la historia, puesto que da sentido definitivo al mundo. Todo el mundo gira en torno a la cruz pero todo el mundo solo alcanza en la resurrección su pleno significado.

Sin embargo, en demasiadas ocasiones, se cumplen las palabras de Cristo en esa larga oración sacerdotal el mundo os odiará, porque no sois del mundo. Y el mundo que prefiere las tinieblas a la luz, el pecado a la gracia, la muerte a la vida: este mundo nuestro que fomenta y anima lo que luego condena y vilipendia convirtiendo la vida humana, precisamente de los más jóvenes, en una paulatina destrucción de la esperanza.

Es hora, ya, de desvestirnos del luto y revestirnos de Cristo. Es hora de salir a la calle proclamando que Cristo vive y que ya todo tiene sentido en nuestra vida. Es hora de sentirse orgullosos de lo que somos y de lo que creemos y no ocultarnos entre la masa como anónimos que siguen con miedo al qué dirán. Es hora de decir un SI al seguimiento de Cristo en su radicalidad evangélica y un NO en mi nombre a todo aquello que intente apartarnos de su amor. SÍ a la fe vivida en la Iglesia, desde la Iglesia y con la Iglesia de la que formamos parte, SÍ al Amor hasta que duela: sí a la verdad, Cristo mismo que nos hace libres para siempre. Y No a la mediocridad y la tibieza, no al pecado que nos esclaviza, no a la muerte como bandera ni como progreso, no a la cultura del ateismo y el paganismo, no a la tiniebla que oscurece nuestro corazón.

Que esta noche sea el comienzo de una nueva vida para que, nosotros, sintiéndonos responsables de la humanidad, demos un paso al frente en nuestra vida cristiana situándonos del lado de Cristo y, sin miedo a los judíos, salgamos a las plazas a decir que Cristo vive y vivirá por los siglos de los siglos.

Pero en este esplendor de luz, en esta efusión de gozo pascual, existe también un poco de esa pena que todavía no ha sido vencida. La vida no ha triunfado en plenitud. Y no porque no lo hiciera en Cristo y en todos los hombres, sino porque el hombre, un año más sigue siendo un lobo para el hombre ante el silencio de los que, en nuestro bautismo fuimos consagrados profetas. Así, consentimos los constantes ataques al Papa de los últimos días, las permanentes amenazas a sus ministros y el acoso criminal de los que quieren acabar con la única fe verdadera que da esperanza al mundo. Así, pasamos como de puntillas la “invasión” que ha sufrido nuestra catedral de Córdoba por parte de un grupo de 118 musulmanes, que intentaban apropiarse de ella, usando incluso la fuerza de las armas e hiriendo a varios miembros de seguridad de la Catedral. ¡Qué Dios nos guarde de esta invasión consentida de aquellos que se obcecan en el camino de la violencia para afianzar su fe!

Pero Si Deus nobiscum, quis contra nos? Si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros? Pues, en Cristo hemos visto que, si el grano de trigo, no cae en tierra y muere queda infecundo. El cristiano, a partir de esta noche, no tiene miedo. Éste es el júbilo de la Vigilia Pascual: nosotros somos liberados. Por medio de la resurrección de Jesús el amor se ha revelado más fuerte que la muerte, más fuerte que el mal. El amor lo ha hecho descender y, al mismo tiempo, es la fuerza con la que Él asciende.

La fuerza por medio de la cual nos lleva consigo. Unidos con su amor, llevados sobre las alas del amor, como personas que aman, bajamos con Él a las tinieblas del mundo, sabiendo que precisamente así subimos también con Él. Pidamos, pues, en esta noche: Señor, demuestra también hoy que el amor es más fuerte que el odio.

Que es más fuerte que la muerte. Baja también en las noches y a los infiernos de nuestro tiempo moderno y toma de la mano a los que esperan. ¡Llévalos a la luz! ¡Estate también conmigo en mis noches oscuras y llévame fuera! ¡Ayúdame, ayúdanos a bajar contigo a la oscuridad de quienes esperan, que claman hacia ti desde el vientre del infierno! ¡Ayúdanos a llevarles tu luz! ¡Ayúdanos a llegar al “sí” del amor, que nos hace bajar y precisamente así subir contigo.

Si Cristo ha resucitado, todo está llamado a resucitar con él. Que la cincuentena pascual que hoy comenzamos sea el principio de nuestra nueva vida de fe: valientes y convencidos, serenos y caritativos, esperanzados en que ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni ninguna criatura alguna podrá apartarnos nunca del amor de Dios. Cristo vence, definitivamente; venzamos nosotros con Él.

Que así sea.

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