Homilía. Jueves Santo.

 

 

 

 

 

 

No tuvo bastante con hacerse niño y venir a nacer en una triste, fría y sucia cueva de Belén con la sola compaña de su padre José y de su Santísima Madre. No tuvo bastante con ser contado entre los pecadores que iban a recibir de Juan el Bautismo ni con dejarse tentar por el demonio, ayunando, sufriendo la incomprensión y la ingratitud de Israel… sino que también quiso lavarle los pies a sus discípulos y en ellos a todos nosotros…

“(…) Está sentado Dios humanado con unos pobres hombres, y no como principal, sino como sirviente; que Él lo dijo así: porque debiera repartirles Él la comida. Si esto excede a todo entendimiento y lo saca de si, ¿qué hará, Señor, verte levantar de la mesa a lavarles los pies? ¿Qué haces Señor, que no hay quien te alcance a mirar? ¡Señor, que te vas de vista, como águila que vuela mucho! Mas no es este vuelo levantándote en alto, que esto para ti no fuera mucho; mas te postraste, Señor, tan bajo, que de bajo, no hay quien te vea (…)” (San Juan de Ávila. Sermón de Jueves Santo)

            No tuvo bastante con hacerse niño y venir a nacer en una triste, fría y sucia cueva de Belén con la sola compaña de su padre José y de su Santísima Madre. No tuvo bastante con ser contado entre los pecadores que iban a recibir de Juan el Bautismo ni con dejarse tentar por el demonio, ayunando, sufriendo la incomprensión y la ingratitud de Israel… sino que también quiso lavarle los pies a sus discípulos y en ellos a todos nosotros.

            Así en la noche de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado el momento de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Con estas palabras el evangelista san Juan, hace una síntesis perfecta de lo que sucedía en el corazón de Cristo, en esta misma tarde, cuando, a esta misma hora, se reúne con sus amigos, para darles y darnos, la lección magistral de su vida. Es la noche de la intimidad, es la noche del amor más puro.

            El texto joánico comienza señalando la importancia del momento. La Pascua, que conmemora la liberación de la esclavitud del pueblo de Israel de la opresión del Faraón es la liberación ya prefiguraba la verdadera liberación que Cristo nos trae: la redención de la esclavitud del pecado mediante el sacrificio de la cruz.  Esa misma cruz, que mañana se alzará ante nuestros ojos para demostrarnos hasta qué punto está dispuesto a llegar Dios por conquistar nuestro corazón y hasta qué punto nuestra tozudez y dureza de cerviz hace que se retarde esa conversión total en nuestra vida.

            Sacrificio cruento que se conmemora de forma incruenta en el sacramento que instituye Cristo acabada la cena: la Eucaristía, en la que el pan es ya su cuerpo entregado y el vino es ya su sangre derramada para el perdón de nuestros pecados. Cristo mismo se ofrece con su cuerpo y con su sangre y por este sacrificio nos abre el camino hacia Dios. Para que tengamos vida y vida abundante Él, como el grano de trigo, muere para dar fruto y fruto que permanecerá con nosotros hasta el final de los tiempos.

            Y juntamente con la Eucaristía, el sacramento del Orden. En este Año Sacerdotal que el Papa convocó el pasado mes de junio, conmemorando el 150 aniversario de la muerte de San Juan María Vianney, este Jueves Santo es particularmente sacerdotal. En esta misma noche, Cristo quiso seguir amando al mundo por eso les dice a quienes Él eligió para que estuvieran con Él, haced esto en memoria mía. Desde esta misma noche, el sacerdocio es instituido y con él existe en el mundo, el amor de Corazón de Cristo.

            Pero el don de Dios nunca fuerza la naturaleza, es pura gracia. Jesucristo es siempre el que hace el don y nos eleva hacia sí. “(…) El misterio del sacerdocio en la Iglesia radica en el hecho de que nosotros, simples seres humanos, miserables la mayoría de las veces, en virtud del sacramento podemos hablar con el “Yo” personal de Cristo, pues actuamos in persona Christi. ¡Es Cristo el que quiere ejercer su sacerdocio a través de nosotros! Es Él el que toma posesión de nosotros, los sacerdotes, como queriendo decir “Tú me perteneces, tú estás bajo la protección de mi corazón y quedas custodiado en el hueco de mis manos para que precisamente así te encuentres dentro de la inmensidad de mi amor. (…)” (Benedicto XVI. Homilía de Jueves Santo)

            Cristo, en la ordenación sacerdotal, nos hace suyos y suyos para siempre. Por eso el sacerdocio compromete para siempre al seguimiento de Cristo,  célibe y obediente, sin otras ataduras que las del amor y entrega a la Iglesia encomendada; sin otros compromisos humanos sino los propios de la caridad pastoral que nos insta a dar la vida, como el Buen Pastor, por las ovejas. Dóciles al Magisterio de la Iglesia a los sacerdotes compete el triple ministerio de santificar al pueblo de Dios en la celebración de los sacramentos, presidirlo en la caridad y enseñarlo por medio de la catequesis en cualquiera de sus formas. Así y solo así se santifican y vivimos conforme al ministerio recibido.

            No obstante, también somos en muchas ocasiones víctimas del pecado. Hombres separados de entre los hombres vivimos en lucha constante contra el Mal… y muchas veces caemos en Él, convirtiéndonos así más en un pastor asalariado al que no le importan las ovejas que uno que da la vida por las suyas. Hombres débiles, frágiles, insoportablemente abocados al pecado, porque somos tan solo, niños con cargas de gigantes.

            Mas si abundó el pecado, sobreabundó la gracia: por eso también somos testigos de la misericordia a la vez que ministros de ella y puesto que pecamos, como todos, entendemos como nadie al que viene buscando el perdón de sus faltas. No somos perfectos, quizá para que en nuestra debilidad se manifieste la fuerza de Dios, ya que cuando soy débil, entonces soy fuerte.

            Oremos al Señor en este día, que nunca falten a la Iglesia sacerdotes que sirvan a Dios en los hermanos. Que nunca falte en un pueblo la oración de su sacerdote y que nunca falte al sacerdote la oración de su pueblo. Como Cristo, con Cristo y para Cristo. Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, ruega por nosotros.

Así sea.

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