Con obras y palabras.

Conforme vamos leyendo el Evangelio de san Juan, las diatribas con los fariseos, van convirtiéndose en muy, muy numerosas y cada vez más amargas y duras. Buscaban como nos dice hoy el evangelista un motivo para acusarle y la ocasión la pintan calva. La trampa consistía en poner a Jesús…

Conforme vamos leyendo el Evangelio de san Juan, las diatribas con los fariseos, van convirtiéndose en muy, muy numerosas y cada vez más amargas y duras. Buscaban como nos dice hoy el evangelista un motivo para acusarle y la ocasión la pintan calva. La trampa consistía en poner a Jesús en un serio compromiso: una mujer había sido sorprendida en flagrante adulterio y por tanto, según la ley de Moisés, tenía que ser condenada a la lapidación. No obstante, después de que Cneo Pompeyo Magno en el año 64 a. Xto conquistara Jerusalén y con la capital todo Israel, fue recortado el “ius gladii”, es decir, el derecho autónomo de ejecutar a los condenados. Por tanto, si Jesús asentía se situaba en contra también del derecho romano. Por otro lado, si la perdonaba, era un réprobo y se desdecía porque, según afirmaba, no había venido a abolir la ley mosaica sino a darle su verdadero cumplimiento. Decidiese lo que decidiese estaba perdido. Sin embargo, Dios ve los corazones y no las apariencias y, sin hacer demasiado caso a lo que estaban diciendo, las palabras de Jesús derriban completamente las estructuras sofísticas que intentaban encasillarlo: quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Y todos, nos dice el relato, empezando por los más viejos, comenzaron a marcharse. Son muchas las lecciones que podemos sacar de este pasaje del Evangelio; desde la actitud del Señor ante el pecado hasta cómo eliminar de nuestra vida esa costumbre absurda de juzgar a la gente. Son dos cosas que van casi unidas ya que con relativa frecuencia somos demasiado intransigentes con los pecadores y muy poco con el pecado. Lógico, por otra parte, porque es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio, aunque tendríamos que hacer exactamente lo contrario. Solo cuando miramos nuestro corazón y somos capaces de ver nuestros fallos; solo cuando hemos sido capaces de sentir cómo el Señor se desvive de misericordia con nosotros, es cuando podemos vivir de verdad con un corazón reconciliado con Dios y con los demás. Si la Iglesia ha de ser algo en este mundo, tendría que ser precisamente eso: una familia de reconciliados. No es de recibo la actitud del hijo mayor de la parábola del domingo pasado, que recriminaba a su padre que fuese tan transigente. La envidia y el desprecio al llamarlo “ese hijo tuyo” son más que notables y dibujan perfectamente esa actitud. El padre, sin embargo, le llama, “ese hermano tuyo”, haciéndole ver que, por muchas veces que peque y se aleje del hogar, nunca nadie jamás le arrancará su dignidad de hijo de Dios. Muchas, muchas ocasiones he podido experimentar esta realidad, lo mismo que, seguro, muchos de vosotros. Sin embargo el Señor nos hace merced a los sacerdotes para poder ser, precisamente, ministros de la misericordia. El sacramento de la confesión es, en cierta manera, un juicio, revivir este mismo pasaje de la mujer adúltera: tenemos también nuestra conciencia que nos acusa, también es ella la que nos lleva y nos pone a los pies de Cristo, y alguien, que es, en ese momento, Cristo mismo, también nos dice anda y en adelante no quieras pecar más. Será entonces cuando nuestro corazón vuelva a latir y transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne capaz de sentir y amar. No seáis vosotros de aquellos que solo ven los defectos, ni de la Iglesia ni de los demás. ¡Claro que la Iglesia no es perfecta porque ninguno de nosotros lo somos! Pero Ella es nuestra Madre y como tal, por muy arrugada y fea que esté con el paso del tiempo, siempre será bella a los ojos de sus hijos. No seamos colaboracionistas con el mal haciendo que Ella aparezca ante el mundo arrugada y sucia: hagamos realidad en nosotros este pasaje del evangelio siendo santos como Dios es santo, estimándolo todo basura comparado con Cristo. Solo quedan unos días… ¡aprovechémoslos! Con mi bendición. P. Juan.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: