LA FACHADA.

Nuevo artículo de nuestro Capellán:

“Corría el año 63 a. C. cuando Cayo Julio César fue elegido Pontifex Maximus, es decir, sumo sacerdote de la Religión romana, lo que le daba derecho a residir en la Domus publica, la residencia oficial en la Vía Sacra.[] Cinco años antes había contraído…”

Corría el año 63 a. C. cuando Cayo Julio César fue elegido Pontifex Maximus, es decir, sumo sacerdote de la Religión romana, lo que le daba derecho a residir en la Domus publica, la residencia oficial en la Vía Sacra.[] Cinco años antes había contraído nuevas nupcias tras la muerte de su primera esposa, Cornelia Cinna Minor, con Pompeya Sila, nieta del dictador Lucio Cornelio Sila. Hermosa, según afirma Plutarco pero poco inteligente.

Sucedió que, como esposa del Pontifex Maximus, le correspondía a Pompeya acoger las fiestas de Bona Dea (« la buena diosa ») en esta casa, a las que ningún hombre tenía derecho de asistir. Sin embargo un joven patricio, Publio Clodio Pulcro, consiguió introducirse en la casa, disfrazado de mujer, aparentemente con el propósito de seducir a Pompeya. Fue desenmascarado y perseguido por profanación. César no aportó ninguna prueba contra Clodio durante el juicio, y éste fue absuelto. Sin embargo César se divorció de Pompeya, aduciendo: « Mi esposa ni siquiera debe ser sospechosa». Esta cita de César ha pasado a ser famosa con la siguiente forma: « La esposa de César no sólo no debe ser culpable sino tampoco parecerlo »

La semana pasada hablábamos del radicalismo evangélico y de cómo, muchas veces, podemos sentir la tentación de disociar lo externo y lo interno. La vida de fe y de testimonio cristiano y la vida pública o social que todos tenemos: en definitiva, ser y parecer. Es precisamente de esto de lo que nos quiere advertir hoy el Señor Jesús.

Los fariseos pertenecían a ese tipo de personas más preocupadas por su imagen pública que por su coherencia moral, por su exterior que por su interior, por cumplir a rajatabla con las tradiciones de los antepasados que por la llamada a la misericordia y al amor como esencia del mismo Dios, que está sosteniendo todas esas tradiciones veterotestamentarias. Hasta el mismo Isaías, el más importante de los profetas para los israelitas, les advierte sobre esta actitud, según el mismo Evangelio. Vivir de fachada es vivir en una vida hipócrita y falsa; vivir en tibieza, decíamos la semana pasada, es también vivir en esta mentira institucionalizada en nosotros mismos y por tanto en nuestra sociedad. No olvidemos, pues, que la sociedad está formada por personas; por tanto no imaginemos posible una sociedad en la que reine la verdad y los valores auténticos, si no hay gente convencida de ello y dispuesta a trabajar denodadamente por conseguirlo.

No sea así entre nosotros, nos dice el Señor. Podemos caer en ese fariseísmo cuando juzgamos temerariamente, cuando criticamos actitudes sin hacer antes un repaso a las nuestras, cuando condenamos despiadadamente a aquellos que no piensan, opinan, hablan o viven como nosotros; es entonces cuando estamos convirtiéndonos en aquello que denostamos, no solo moral sino también socialmente. El cristiano no puede ser por fuera sí y por dentro no; no puede disociar su vida pública, su manera de desenvolverse en el mundo, con su ámbito interno, precisamente porque su ámbito interno determina su forma de actuar y vivir en la sociedad. Por eso nos resulta injurioso que se promulguen leyes que eliminan radicalmente todo signo religioso de lugares públicos, escuelas, etc., porque sabemos que en el fondo de nuestro ser la religión, y la religión católica está en la misma esencia de nuestra cultura, mal que les pese a algunos. “(…) [Los cristianos] obedecen las leyes establecidas pero superan las leyes con su particular manera de vivir (…)” (Carta a Diogneto. Cap. V)

Seamos verdaderos, no finjamos ser lo que no somos o al menos, intentemos vivir como sabemos que tenemos que vivir. Desde dentro y hacia fuera para podamos dar una razón auténtica y no solo teórica de nuestra fe a quien nos la pidiere. En eso consiste el testimonio cristiano auténtico, en vivir como se piensa cuando lo que se piensa y lo que rige nuestro raciocinio es Cristo y su Evangelio. Que la fachada hable de lo que hay dentro… porque lo que hay es Dios habitando en el corazón de sus hijos.

Con mi bendición y ánimo en vuestros exámenes.

P. Juan.

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