‘Homenaje a los clérigos que apoyaron la causa roja en Vascongadas’ por Ángel David Martín Rubio

Interesante artículo: “Habíamos apelado a la dignidad y a la autoridad. Pero han faltado las dos cosas y a esta misma hora se estarán celebrando en la Catedral Nueva de Vitoria los actos programados por los obispos de Bilbao (Ricardo Blázquez, y su auxiliar, Mario Iceta), San Sebastián (Juan María Uriarte) y Vitoria (Miguel Asurmendi) en relación con unos sacerdotes que, según sus palabras, «fueron ejecutados en los años 1936 y 1937 por quienes vencieron en aquella contienda»…”

HOMENAJE A LOS CLÉRIGOS QUE APOYARON LA CAUSA ROJA EN VASCONGADAS

Habíamos apelado a la dignidad y a la autoridad. Pero han faltado las dos cosas y a esta misma hora se estarán celebrando en la Catedral Nueva de Vitoria los actos programados por los obispos de Bilbao (Ricardo Blázquez, y su auxiliar, Mario Iceta), San Sebastián (Juan María Uriarte) y Vitoria (Miguel Asurmendi) en relación con unos sacerdotes que, según sus palabras, «fueron ejecutados en los años 1936 y 1937 por quienes vencieron en aquella contienda». Como afirmaba en un libro publicado en 1961 Antonio Montero Moreno, hoy Arzobispo emérito de Mérida-Badajoz: «En la segunda mitad de 1936, y condenados detenida o sumariamente por tribunales de guerra, fueron pasados por las armas estos catorce clérigos, bajo acusación de actividades políticas de carácter separatista» (Historia de la persecución religiosa en España, BAC, Madrid, 1961). Hay que precisar que se trataba de actividades definidas por su carácter delictivo en los términos precisados en el Bando de declaración del Estado de Guerra que ponía bajo la jurisdicción militar las actividades cometidas en apoyo del proceso revolucionario que estaba teniendo lugar en la zona que quedó bajo el control del Frente Popular. Demos crédito a las memorias de un «gudari» para ver en qué consistían algunas de estas actividades del clero vasco:

El cura-párroco de un pueblo alavés, situado en campo franquista a pocos kilómetros del frente, estaba en contacto permanente y directo con el Comandante del Batallón Perezagua (reemplazado después por nosotros). En el hueco de un árbol ubicado en tierra de nadie, el sacerdote patriota dejaba información sobre el enemigo, que era recogida después por nuestra gente. Tras nuestro avance, y captura de aquella zona, aquel cura patriota se pasó a nuestras filas y después fue Capellán de un Batallón de Gudaris. Así, de esta talla eran nuestros sacerdotes patriotas (cit.por. REDONDO, Gonzalo: Historia de la Iglesia en España 1931-1939, Tomo II, Rialp, Madrid, 1993, p.144).

En un artículo publicado por los Obispos citados en la sección «Tribuna Abierta» de Noticias de Gipuzkoa (http://www.noticiasdegipuzkoa.com/ediciones/2009/07/01/opinion/d01opi5.1528119.php), se hacían una serie de consideraciones acerca de cuya naturaleza tenemos absoluta perplejidad pues, por una parte, se presentan en un medio de comunicación y en una sección que, por su propia naturaleza, parecen destinadas al debate público pero, por otra, se procura revestirlas con la autoridad que compete a sus autores en otros campos pretendiendo con ello evitar su puesta en cuestión. Afortunadamente esto no se ha conseguido y diversas cabeceras han publicado artículos y comentarios críticos con la iniciativa que, por otro lado, ha despertado el entusiasmo de los medios que habitualmente son más críticos con la Iglesia Católica y el Romano Pontífice. En Periodista Digital se rotulaba la noticia en los siguientes términos: «Los curas vascos “rojos”tanbién son mártires»  (http://www.periodistadigital.com/religion/object.php?o=1193138) y para el diario Público (sin que sepamos haya sido rectificado por aquéllos a quienes se atribuye esta intención):  «Los obispos vascos reclaman a Rouco que 14 curas fusilados por Franco también sean mártires» (http://www.publico.es/espana/235817/iglesia/vasca/memoria). Notoria injusticia la de atribuir a Franco unos sucesos en los que no solamente no tuvo ninguna responsabilidad sino que se esforzó por cortar en cuanto tuvo noticias de ellos al ser informado por el Cardenal Gomá. Aunque todavía son más exigentes en sus reivindicaciones, especialmente complacidos por la decisión de los Obispos vascos se han visto las asociaciones de extrema izquierda que favorecen la llamada recuperación de la memoria histórica: «Desde Ahaztuak 1936-1977, asociación de victimas del régimen franquista entre las cuales también hay personas que son/somos miembros de la comunidad cristiana queremos públicamente felicitar a los obispos vascos por esta determinación y animarles sinceramente a seguir por ese camino con total determinación y en toda su profundidad […]» (http://ahaztuak1936-1977.blogspot.com).

Entre los actos previstos se había programado «un funeral conjunto, con mención y reconocimiento especial de quienes en su día no lo tuvieron. Presidido por todos nosotros, tendrá lugar el sábado 11 de julio en la Catedral Nueva de Vitoria a las doce del mediodía». La iniciativa aparece rodeada de una ambientación que la convierte en un homenaje póstumo e incluso está prevista la intervención de un familiar «en representación de los allegados a las víctimas en cuya memoria se celebra dicho acto, con el fin de recordar la vida y muerte de aquellos presbíteros, 9 guipuzcoanos, 4 vizcaínos y un navarro». Fray Justo Pérez de Urbel, OSB, Abad mitrado del Valle de los Caídos y Catedrático de Historia en la Universidad de Madrid, en una conferencia pronunciada en Zaragoza el 25 de febrero de 1961 calificó a aquellos presbíteros en los siguientes términos:

Fueron sacerdotes que se valieron de su autoridad para engañar a sus feligreses, para llevarlos a la muerte, para luchar en unión con los enemigos de la Fe, traidores a su Patria y, lo que es peor todavía, traidores a su Dios. Tuvieron que responder ante la justicia humana no como sacerdotes, sino como atizadores de la lucha, en una forma indigna de su carácter sacerdotal.

Mejor sería que los olvidasen para siempre aquellos compañeros suyos que pasaron las fronteras y que no cesan de vomitar contra España su asqueroso veneno. Nosotros podemos presentar delante de Dios y de los hombres la sangre pura del ejército sagrado que fue inmolado por el marxismo en su odio a la Iglesia de Cristo. ¿Cómo se atreven ellos a recordar siquiera los nombres de esos curas trabucaires, vergüenza del orden sacerdotal, que murieron con las armas en la mano, sembrando el odio, o tocando las campanas a rebato, no para llamar al culto divino a sus fieles, sino para lanzarlos en apoyo del comunismo y del sindicalismo, para servir a la causa antirreligiosa de Prieto y Largo Caballero?

Olvidémoslos y perdonémoslos, esperando que Dios los habrá perdonado. No son ellos los mártires de quienes puede enorgullecerse la Iglesia, aquellos a quienes aludía el Nuncio Apostólico Monseñor Antoniutti, cuando en su primer discurso a la España vencedora se expresaba de esta manera: “Al llegar aquí he podido comprobar el magnífico heroísmo que hizo víctimas inocentes de una de las más atroces persecuciones de Obispos, sacerdotes, religiosos e incontables fieles, con una fidelidad digna de las épocas más gloriosas del cristianismo. Ellos sacrificaron la vida antes que faltar a sus deberes para con Dios y la Patria”. Estos son los mártires, no aquéllos que fueron castigados por haber abusado de su dignidad sacerdotal, que murieron, no por ser sacerdotes, sino por ayudar a los enemigos de toda religión («La Guerra como Cruzada religiosa», en La Guerra de Liberación Nacional, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1961, pp.70-71).

En cuanto al apoyo de los nacionalistas vascos a la causa roja apenas hay palabras más autorizadas que las de los Obispos de Vitoria y Pamplona, Monseñores Múgica y Olaechea, en Carta Pastoral del 6 de agosto de 1936:

No es lícito, en ninguna forma, en ningún terreno, y menos en la forma cruentísima de la guerra, última razón que tienen los pueblos para imponer su razón, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo […].

Menos lícito, mejor, absolutamente ilícito es, después de dividir, sumarse al enemigo para combatir al hermano, promiscuando el ideal de Cristo con el de Belial, entre los que no hay compostura posible […].

Llega la ilicitud a la monstruosidad cuando el enemigo es este monstruo moderno, el marxismo o comunismo, hidra de siete cabezas, síntesis de toda herejía, opuesto diametralmente al cristianismo en su doctrina religiosa, política, social y económica (cit.por MONTERO, Antonio: ob.cit., p.684).

Desde el punto de vista historiográfico resultan perfectamente asumibles, como balance de la cuestión, las afirmaciones de Monseñor Montero:

Nadie que conozca el tema a fondo puede negar estas apreciaciones:

a)       Que el ardor del clima bélico extremó la pena aplicada en estos procesos.

b)       Que, justa o injusta la muerte de estos sacerdotes no se debió a su carácter sacerdotal o a su ministerio sagrado.

c)        Que la jerarquía eclesiástica de la zona de Franco tomó cartas en el asunto como fuerza moderadora e impidió la multiplicación de estos casos lamentables (ob.cit., p.77).

Inmerecido homenaje en la persona de quienes por razones sentimentales es más fácil hacerlo a quienes no son sino una muestra de la complicidad de los nacionalistas vascos con la causa roja en la Guerra Civil española. Como recordaba la diputada comunista Dolores Ibarrurri en un periódico editado en San Sebastián el 2 de septiembre de 1936: «Me admira la actitud del clero vasco… Es algo alentador el coraje con que anima y sostiene al pueblo a nuestro lado». Este apoyo, además de la enorme pérdida en el terreno militar que supuso para el Ejército nacional, costó la vida a centenares de personas asesinadas en la zona controlada por los rojo-separatistas. Según las informaciones llevadas a cabo por el Ministerio Fiscal fueron 51 en la provincia de Álava (que se había sumado en su práctica totalidad al Alzamiento por lo que no fue ocupada por los frentepopulistas); 449 en la de Guipúzcoa, «sin contar el número de residentes que fueron detenidos y asesinados luego fuera de la provincia entre los que se cuentan los que perecieron en las cárceles de Bilbao» y 644 en la de Vizcaya. El ya varias veces citado Monseñor Montero, afirma: «Los hechos, por otra parte, dieron la razón a los prelados Múgica y Olaechea. Pese a las convicciones internas y a las declaraciones públicas de miembros y súbditos del gobierno de Euzkadi, no evitaron –Dios sabe hasta qué punto con culpa– que la persecución a la Iglesia tuviera un capítulo sangriento en su propio país» (ob.cit., p.77). Algunos de estos sucesos que demuestran cómo afectó la persecución religiosa a las provincias de Guipúzcoa y Vizcaya pueden verse en el texto del Canónigo Magistral de Salamanca Aniceto de Castro Albarrán reproducido en http://desdemicampanario.blogspot.com/2009/07/la-persecucion-religiosa-en-vascongadas.html

Penoso antecedente de la colaboración aún más estrecha con el nacionalismo y el terrorismo que tendrá lugar en nuestros días. Es un hecho hoy reconocido que ETA surgió con el apoyo de sectores eclesiásticos; se han visto frecuentemente funerales oficiados por sacerdotes para los terroristas muertos elevándolos a la categoría de héroes cívico-religiosos y los obispos vascos, cuando condenaron la violencia, siempre lo hicieron en paralelo a una justificación de lo que ellos estiman sus causas con el mismo procedimiento seguido por los dirigentes políticos nacionalistas que recogen el rédito político de las actuaciones violentas. Recordemos homilías como la pronunciada en el funeral del asesino etarra José Miguel Beñaran (a) Argala el 24 de diciembre de 1978:

[…] Con la liquidación de José Miguel vivimos hoy un trauma terrible, pero no nos dejemos robar la esperanza y el valor, porque la lucha en que ha caído nuestro gudari Argala tendrá éxito… La recuperación nacional y social de nuestro pueblo será posible porque tenemos hombres como él. Él los habrá hecho posibles.

Que el Dios que se comprometió personalmente en la larga historia de recuperación de su propio pueblo nos comprenda, nos estimule a la lucha, nos aliente con la fuerza de sus valores fundamentales, nos acoja y nos perdone como ha acogido y aceptado a nuestro hijo, hermano, compañero y gudari José Miguel.

Como dice el historiador Pío Moa: «Esta homilía no es un caso aislado, sino el modelo de otras repetidas cientos de veces incluso cuando, como ocurriría con frecuencia, hubieran muerto por torpeza al manipular bombas destinadas a cometer alguna masacre […] La homilía interesa, sobre todo, porque explica mejor que largos análisis cómo se creó en Vasconia el clima moral y social en torno al terrorismo. Los obispos, aunque más cautos, evitaban condenar esta agitación y manipulación de los valores religiosos y uno de ellos, Setién, se distinguía por su comprensión paternal hacia los pistoleros y su desprecio mal disimulado hacia las víctimas. El clero nacionalista, muy vinculado al PNV y amable con la ETA, se hizo dominante en Vasconia, y sus jerarcas no vacilaron en obligar al silencio a los disidentes». El propio Jefe del Estado en su Mensaje de Navidad del año 1987 tuvo que recordar que «no debemos mostrar ni debilidad, ni temor, ni duda, para rechazar con decisión a quienes hacen correr la sangre de los españoles víctimas de sus atentados criminales, y también a quienes los amparan, disculpan o justifican, cualesquiera que sean sus posiciones políticas, sociales o religiosas» (http://www.casareal.es/noticias/news/72-ides-idweb.html). Ocurría esto poco después de la aparición de un documento –hecho público al día siguiente del atentado de ETA en Zaragoza el 11 de diciembre de 1987– en el que los prelados vascos José María Larrea, José María Setién y José María Larrauri exponían su parecer acerca del Diálogo y negociación para la paz. Texto que mereció la protesta ante la Santa Sede del Gobierno Socialista que, por aquel entonces, todavía no había entrado por la estrategia del diálogo para atender a las reivindicaciones de los terroristas.

Si las intenciones que mueven a los obispos Blázquez, Iceta, Uriarte y Asurmendi,  según declaran en el artículo citado, son purificar la memoria, prestar un servicio a la verdad, para construir la justicia, la paz y la reconciliación, contribuir a la dignificación de quienes han sido olvidados o excluidos y a mitigar el dolor de sus familiares y allegados, pedir perdón e invitar a perdonar… la Iglesia vasca tiene dónde mirar en su historia más reciente. Por el contrario, han preferido remontarse a sucesos ocurridos hace 70 años y responder positivamente a las demandas de izquierdistas y nacionalistas con expresiones tan radicales como la formulada por Javier Arzalluz, hasta hace poco dirigente del Partido Nacionalista Vasco, en un artículo publicado como réplica a las beatificaciones de mártires españoles del siglo XX que tuvieron lugar en Roma en Octubre de 2007 (http://www.republicaymemoria.com.ar/MPapel/papel10.html).

Me indignan pero no tienen capacidad para escandalizarme. Como recordaba recientemente Luis Suárez hablando de otros episodios en que también fue nefasta la actuación de obispos indignos: «no debe extrañarnos que en la leyenda que rodea a Covadonga, don Opas, también prelado toledano, figure entre los enemigos de Pelayo».

 

Ángel David Martín Rubio

 

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