Apuntaciones sobre el franquismo y una despreciable derecha por Antonio Castro Villacañas.

Las tropas nacionales que mandaba el general Franco semi-cercaron Madrid desde los primeros días de noviembre de 1936 hasta el 28 de marzo de 1939, día en que sin resistencia enemiga, y sí gran aceptación popular, entraron en la capital de España, liberándola de este modo del dominio que sobre ella ejercieron durante treinta y dos meses consecutivos personas…

Las tropas nacionales que mandaba el general Franco semi-cercaron Madrid desde los primeros días de noviembre de 1936 hasta el 28 de marzo de 1939, día en que sin resistencia enemiga, y sí gran aceptación popular, entraron en la capital de España, liberándola de este modo del dominio que sobre ella ejercieron durante treinta y dos meses consecutivos personas que de una u otra forma representaban las ideologías provocantes del 18 de julio de 1936 y de cuanto a partir de esa fecha sucedió en España. Cuatro días más tarde de esa entrada triunfal, el 1 de abril de 1939, el generalísimo Franco firmó el último parte oficial de guerra redactado y difundido desde su Cuartel General. La guerra había terminado porque las fuerzas nacionales habían alcanzado sus últimos objetivos militares. Era evidente que los objetivos civiles y políticos del Movimiento surgido en la zona nacional tras el relativo fracaso en toda España del Alzamiento organizado por el general Mola, esbozados e iniciados en el Decreto de Unificación firmado por Franco el 19 de abril de 1937 en su calidad de Jefe del Estado Español, debían concretarse y realizarse a partir del Día de la Victoria bélica.

Este no es el lugar más apropiado para analizar la Guerra 1936-1939, y sus inmediatas consecuencias, desde puntos de vista predominantemente sociales y políticos, pero sí me parece apto para difundir desde él ciertas cosas que por simple desconocimiento o por determinado interés no se tienen en cuenta a la hora de enjuiciar ese acontecimiento bélico y las personas que en él intervinieron. Pongo dos ejemplos. Uno es el de que de modo general se suele calificar como «franquista» tanto el Alzamiento del 18 de Julio como los movimientos que con anterioridad lo promovieron e inmediatamente después lo secundaron, cuando la verdad histórica es que el general Franco sólo tuvo en ellos un papel secundario hasta que por exigencias históricas ajenas a su voluntad –la imposibilidad de ganar con un mando plural la guerra civil provocada por el parcial fracaso de un Alzamiento previsto en principio como simplemente militar– sus compañeros de armas lo eligieron el 30 de septiembre de 1936 Generalísimo de los Ejércitos y Jefe del Gobierno del Estado existente en la pequeña parte de España donde hasta entonces había triunfado el Alzamiento. También se tacha de «franquistas» las reprobables actividades de represión efectuadas en la España Nacional a partir del 18 de julio, cuando lo cierto es que al general Franco tan solo puede atribuírsele alguna responsabilidad, no toda, en las efectuadas durante los setenta días siguientes a esa fecha en las Islas Canarias, en Ceuta y Melilla y zona española del protectorado de Marruecos, y en los pueblos y lugares de Andalucía y Extremadura ocupados por la Legión, los Regulares y demás fuerzas a su mando desde que a partir del 4 de agosto de 1936 llegaron a la Península. Todo lo demás. Es decir: cuanto sucedió del 18 de julio al 1 de octubre de 1936 en Galicia, Asturias, León, Castilla la Vieja, Vascongadas, Navarra, Aragón, Baleares, Extremadura y Andalucía –zonas donde se encuentra hasta ahora la práctica totalidad de las pocas «fosas históricas» recuperadas y abiertas–, aconteció bajo la autoridad de muy concretos mandos militares (los que la asumieron al rebelarse contra la República de 1936) que en aquellos momentos no dependían en nada de Franco. El fusilamiento de García Lorca, pongo como segundo ejemplo, de ninguna manera puede considerarse obra o responsabilidad «franquista».

Es evidente que el 18 de julio de 1936 había en España muy pocos, dos o tres centenares, de «franquistas»; es decir, de hombres y mujeres capaces de considerar que la persona y las ideas de Franco merecían ser estimadas como indispensables para una recta gobernación de España. De hecho, los organizadores del Alzamiento apenas las tuvieron en cuenta, pues incluso en el aspecto militar, donde Franco tenía un considerable prestigio debido a sus campañas de Marruecos y a su dirección de la Academia General Militar de Zaragoza, tanto sus ideas como su persona estaban subordinadas –igual que la de sus compañeros de armas– a las del general Sanjurjo, jefe de todos los sublevados. En el ámbito sociopolítico la práctica totalidad de los españoles desconocía cuál era la posición que Franco mantenía dentro de la República instaurada en 1931 y renovada en 1936. Sólo algunos miles sabían que Franco seguía siendo monárquico, pero poco partidario de que se reivindicara y menos aún se organizara y pretendiera el regreso de Alfonso XIII. Sus relaciones y amistades con determinados sectores del Partido Radical (republicano, de Alejandro Lerroux), de la CEDA y/o de Renovación Española, no fueron nunca ni tan sostenidas ni tan profundas como para calificarle políticamente de un modo concreto y determinado. Era evidentemente, para cuantos le conocían, un hombre «de orden o de derechas, y pare usted de contar»…

Si el 18 de Julio de 1936 apenas había cien «franquistas» en toda España, el 2 de abril de 1939 podemos calcular que existían diez-doce millones de ellos, algo más de la mitad de todos los españoles residentes o no en la Península e Islas adyacentes… El número de «antifranquistas» había seguido un proceso análogo, pero con un menor nivel de crecimiento: parece lógico pensar –es imposible dar cifras exactas– en partir de cero y llegar a los ocho-diez millones. Nadie puede dudar de que tan impresionantes incrementos están asociados a dos fundamentales ideas/realidades: 1) la de que Franco era un invencible caudillo militar; y 2) la de que Franco era el Jefe de un Estado prometedor/garante de un nuevo orden sociopolítico cristiano y justo. La primera de esas ideas había surgido de un hecho evidente: el Alzamiento de Franco –a diferencia de lo sucedido con los de la mayor parte de sus compañeros de conspiración– había triunfado de modo claro y notorio, sin apenas lucha, en la totalidad de las regiones militares –Canarias y Marruecos– que se le habían encomendado, y las tropas directamente mandadas por él habían ido venciendo desde el primer día en todos los enfrentamientos habidos con fuerzas «republicanas», por lo que a partir del 6 de agosto de 1936 consolidó la Andalucía dominada por Queipo, ocupó la Extremadura necesaria para unir las dos Españas «nacionales» separadas por el fracaso del alzamiento de Badajoz, liberó el Alcázar de Toledo, y así sucesivamente hasta el final de la guerra. La segunda idea era lógica consecuencia de que Franco, tras haber sido elegido Generalísimo y Jefe del Estado por sus compañeros de armas, se fue dando cuenta a lo largo del semestre 1 de octubre de 1936-31 de marzo de 1937 que la guerra provocada por los fallos y derrotas del 18 de Julio no podía ganarse si sólo se utilizaban armas militares. De ahí que decidiera forzar la creación de un Movimiento político inspirador, raíz y guía de un Estado superador de los conocidos modelos monárquicos y republicanos.

Aparte de los elogios, las censuras y los reproches que merezca por su inspiración y funcionamiento, no es posible dudar de que el Movimiento franquista fue uno de los elementos humanos más y mejor contribuyentes al logro de la victoria bélica y a la permanencia de Franco y sus personales perspectivas políticas al frente del Estado construido sobre ella. Si el Alzamiento del 18 de Julio, a juzgar por las proclamas explicativas de su puesta en marcha, solo tenía intenciones conservadoras y restauradoras de un orden político-social decimonónico, muy poco diferentes de las que motivaron al fracasado golpe del general Sanjurjo en agosto de 1932, y por ello no fue secundado en principio nada más que por «gentes de derecha», el Movimiento franquista obtuvo desde el principio (por muy diversos motivos que no podemos exponer ahora, pero entre los cuales cuenta como fundamental el haberse apoderado de cuanto de prometedor y valioso tenía la Falange) una muy considerable aceptación popular, desigualmente puesta en práctica a lo largo del tiempo de su duración, como es lógico pensar si tenemos en cuenta que constituye uno de los elementos básicos –pero no el único, ni el más fuerte– de la historia política de la España del siglo XX.

El franquismo, pues, y a esta consideración queríamos llegar desde que empezamos a escribir estas apuntaciones, fue hasta la muerte de Franco un sentimiento y un movimiento político de muy desigual importancia, carente de homogeneidad, tan fuerte e integrador en apariencia como en realidad débil y consentidor de tendencias e interpretaciones. Está por hacer su auténtica historia, que es diferente, explicativa, justificadora y un magno y constante reproche de la historia del régimen franquista. Aquí y ahora sólo quiero apuntar que uno de sus elementos fundamentales, desde su inicio hasta el momento actual, ha sido y es su estrecha y profunda relación con la derecha española. Tan estrecha y profunda que bien merece nos ocupemos de ella en próximas apuntaciones.

Antonio Castro Villacanas.-

Fuente: El Risco de la Nava.

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